Dado que hoy es un día casi monotemático y sabiendo que, a veces, hay que seguir la corriente porque si no te dan capones, he decido también hablar de cine. Pero no de los Oscar.
Paul Newman es un tipo que siempre me ha caído bien. Sin entrar en según qué purismos, considero que es un buen actor, capaz de soportar los cambios de las tendencias del mainstream cinematográfico y, además, todo un ejemplo de cómo envejecer con dignidad (y con dinero, claro).
Esta mañana -no sé muy bien por qué- me vino a la cabeza una excelente película protagonizada por él: “Cool Hand Luke“, título interpretado aquí como “La leyenda del indomable”. A veces me pregunto el motivo por el cual determinados asuntos acudan al encuentro sin razón manifiesta. El caso es que, seguramente, ustedes conozcan también este film. En efecto, es esa en la que encarnaba a un preso que se comía 50 huevos de una tacada en una hora. ¿Ven como ya recuerdan?
El protagonista de esta película es un hombre que no nació para recibir órdenes, ergo empecinado perdedor. Exactamente lo mismo que piensan ustedes de sí mismos cada vez que el zumbido del despertador trunca su apacible sueño, que ustedes no nacieron para someterse a un exaltado o corporación de ellos, pero no nos desviemos. Obedecer es lo que no le gusta a Luke, que encarna al hombre libre a pesar de estar entre rejas, ese ser que desafía la injusticia (y la justicia también) obteniendo así el aprecio y respeto de los demás reclusos. Ese hombre que, a pesar de ser capturado una y otra vez tras sus múltiples fugas –más ruinosas éstas que efectivas- hace conscientes a los demás convictos de la situación en la que se encuentran.
Si el prota es el bueno, entonces debe de haber uno malo, y este es el jefe Paul (Luke Askew), opresor al que -creo- nunca se le ven los ojos porque los oculta tras unas Ray-Ban de espejo. Godfrey es el ejecutor de ese régimen autoritario, déspota y abusivo que es como es, y procede como procede sólo por nuestro bien (¿les suena?), en este caso el bien de los internados. Es cierto que Luke (Newman) es algo díscolo y que no respeta las normas y eso, tal vez, sea en perjuicio del resto de sus compañeros; y también es cierto que el capitán Martin sólo hace que se obedezcan las normas, con extremada diligencia, eso sí, pero es que las normas están para cumplirlas y no para tenerlas de adorno como en muchos sitios. A pesar de este aparente maniqueísmo, creo que el público se identifica con Luke. Porque es más guapo, porque es más simpático, porque es Newman y sufre un puteo permanente. Tanto que una de las veces que va a la celda de castigo, el guardia se justifica: “Lo siento Luke, pero sólo cumplo con mi trabajo“; a lo que Luke replica: “Que cumpla con su trabajo no quiere decir que sea lo correcto, jefe“.
Además de Newman y Woodward también podemos disfrutar de un catálogo de secundarios que apuntalan esta entretenida película: George Kennedy (impresionante, como siempre), Dennis Hopper, Harry Dean Stanton…
No les cuento más, sólo que los que no la hayan visto se hagan con ella y los que ya la disfrutaron vuelvan a hacerlo, porque se trata de una película que a pesar de su metraje no pierde el ritmo en ningún momento y además, no pierde su vigencia a pesar de estar realizada en 1967.










Deténgase un segundo a rememorar la sensación de espeluzno recorriendo su columna vertebral cada vez que advertía la presencia de esa camisa de franjas de color naranja y verde tras el escaparate de “Novedades Tomás”, hágase cargo de esas risas de repulsa y chirigota frente a esa camisa considerada como vejatoria por usted y gran parte de su vecindario y congéneres. Recuerde cómo se detenía siempre frente al aparador y observaba con detenimiento para tener la certeza de que una luna de cristal se oponía entre usted y tan repugnante atavío y cómo respiraba aliviado al comprobar que el resto de mortales a su alrededor carecía del arrojo necesario para vestir tan tremebunda combinación de rayas naranjas y verdes.
Párense a pensar qué necesidad tienen ustedes de llevar el móvil enfundado en un calcetín infantil, de comprar un polo lleno de parches, o de anudarse en la muñeca pulseritas de goma o hilo que a los tres días son un nido de roña, o de tener en la estantería un libro de Antonio Gala del cual es imposible pasar de la tercera página sin temor a ser embestido por un sinónimo de cinco o seis sílabas. Qué gracia tiene ir por ahí metiendo barriga vestido de gayetero. Qué necesidad hay de sufrir en una sala de espera pensando en la que se le va a venir encima cuando le taladren la lengua para lucir ese admirable y moderno piercing.



