Archivo de Febrero 2007

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Tenemos un problema de comunicación

Febrero 26, 2007

Dado que hoy es un día casi monotemático y sabiendo que, a veces, hay que seguir la corriente porque si no te dan capones, he decido también hablar de cine. Pero no de los Oscar.

Paul Newman es un tipo que siempre me ha caído bien. Sin entrar en según qué purismos, considero que es un buen actor, capaz de soportar los cambios de las tendencias del mainstream cinematográfico y, además, todo un ejemplo de cómo envejecer con dignidad (y con dinero, claro).

Esta mañana -no sé muy bien por qué- me vino a la cabeza una excelente película protagonizada por él: “Cool Hand Luke“, título interpretado aquí como “La leyenda del indomable”. A veces me pregunto el motivo por el cual determinados asuntos acudan al encuentro sin razón manifiesta. El caso es que, seguramente, ustedes conozcan también este film. En efecto, es esa en la que encarnaba a un preso que se comía 50 huevos de una tacada en una hora. ¿Ven como ya recuerdan?

El protagonista de esta película es un hombre que no nació para recibir órdenes, ergo empecinado perdedor. Exactamente lo mismo que piensan ustedes de sí mismos cada vez que el zumbido del despertador trunca su apacible sueño, que ustedes no nacieron para someterse a un exaltado o corporación de ellos, pero no nos desviemos. Obedecer es lo que no le gusta a Luke, que encarna al hombre libre a pesar de estar entre rejas, ese ser que desafía la injusticia (y la justicia también) obteniendo así el aprecio y respeto de los demás reclusos. Ese hombre que, a pesar de ser capturado una y otra vez tras sus múltiples fugas –más ruinosas éstas que efectivas- hace conscientes a los demás convictos de la situación en la que se encuentran.

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Si el prota es el bueno, entonces debe de haber uno malo, y este es el jefe Paul (Luke Askew), opresor al que -creo- nunca se le ven los ojos porque los oculta tras unas Ray-Ban de espejo. Godfrey es el ejecutor de ese régimen autoritario, déspota y abusivo que es como es, y procede como procede sólo por nuestro bien (¿les suena?), en este caso el bien de los internados. Es cierto que Luke (Newman) es algo díscolo y que no respeta las normas y eso, tal vez, sea en perjuicio del resto de sus compañeros; y también es cierto que el capitán Martin sólo hace que se obedezcan las normas, con extremada diligencia, eso sí, pero es que las normas están para cumplirlas y no para tenerlas de adorno como en muchos sitios. A pesar de este aparente maniqueísmo, creo que el público se identifica con Luke. Porque es más guapo, porque es más simpático, porque es Newman y sufre un puteo permanente. Tanto que una de las veces que va a la celda de castigo, el guardia se justifica: “Lo siento Luke, pero sólo cumplo con mi trabajo“; a lo que Luke replica: “Que cumpla con su trabajo no quiere decir que sea lo correcto, jefe“.

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Además de Newman y Woodward también podemos disfrutar de un catálogo de secundarios que apuntalan esta entretenida película: George Kennedy (impresionante, como siempre), Dennis Hopper, Harry Dean Stanton

No les cuento más, sólo que los que no la hayan visto se hagan con ella y los que ya la disfrutaron vuelvan a hacerlo, porque se trata de una película que a pesar de su metraje no pierde el ritmo en ningún momento y además, no pierde su vigencia a pesar de estar realizada en 1967.

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Vuelve…

Febrero 23, 2007

Mi recomendación para este fin de semana

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En su propia bilis

Febrero 22, 2007

Si un sábado van ustedes plácidamente por el centro comercial y de repente se topan con un espécimen de ojos desorbitados y con espumarajos en la comisura de los labios encaramado al puesto de los gofres y escupiendo soflamas contra el presidente, sus ministros y los que la palmaron el 11M sólo por fastidiar, no traten de increpar o moderar la labor de esta eminencia porque, de repente y como por arte de magia, quedarán ustedes retratados como fascistas, fanáticos intolerantes, y reventadores de las libertades y derechos ajenos.

me-digno-a-turbar-la-paz-de-vuestros-hogares.jpgResulta curiosa la manera en la que cada vez más energúmenos exaltados usurpan y se adueñan de nociones y rudimentos, incluso divagaciones, que jamás tuvieron algo que ver con ellos. Estos filofascistas se apoderan de conceptos en los que no creen –ni jamás creyeron- para acreditar toda la mala baba en la que nadan las culebras que salen de su boca. Para no parecer lo que en realidad son se autodefinen como democristianos, liberales, conservadores, neoliberales, incluso demócratas, o -con afán de ser modernos- neocons. Se escandalizan por todo y no dudan en enfrentarse a todo lo que se mueva exhortados por esa corriente moderna que consiste en sacar pecho manteniendo impasible el ademán. Cuando se les pincha demasiado se revuelven mostrando los dientes y berreando eso de “soy de derechas, ¿algún problema?” Vamos, que se animan entre ellos confesando su proselitismo de la misma manera que lo hacen los alcohólicos en sus terapias de A.A.

Pues va a ser que no, que estos señores no son de derechas. Estos señores son egofascistas que sólo se preocupan de sí mismos y no vislumbran -en su filofascismo- más allá de sus narices. A ellos les da pavor todo aquello que entrañe deliberar, conjeturar, ilusionarse, luchar o disfrutar porque están privados de cualquier tipo de habilidad para manejarse con un mínimo de destreza en los tiempos que corren; por eso son pseudo-fascistas y tratan de reventar cualquier atisbo de cambio, porque es mejor que todo siga igual debido a que ya les va bien así.

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Así que, cuando uno de estos se les ponga mostrenco y farruco y teniendo en cuenta que el discernimiento de estos enanos mentales es bastante limitado y, por otra parte, corren ustedes el riesgo de ser llamados fachas, mi recomendación sería que no entren al trapo, se den media vuelta y permitan que se ahoguen en su propia bilis.

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Tiempo

Febrero 21, 2007

Cuando el sesudo crítico musical escribe que una banda de rock ha madurado, es cuando ustedes deberían empezar a esperarse lo peor. Por eso, este clip de Supergrass tiene ya doce o trece años.

The time’s on the way, my love

I know I’m going away, my love

Yeah I know what I, I see

Have it all you

A light feeling inside, my love

I know I’m going away, my love

 

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Están aquí…

Febrero 19, 2007

No oculten que en ocasiones resulta imposible desviar la vista de según qué personas; con toda seguridad esto de no dejar de mirar se trate de un ejercicio de autodefensa que tiene como empeño asegurar que usted no es como el otro, vamos, que podría hablarse de la observación del otro como de una maniobra de autoafirmación. O de un ver para creer.

O del irreprimible impulso de levantar el pie del acelerador en el momento que se cruza con una castaña en la autovía de esas que los bomberos tienen que rociar el asfalto de serrín y no precisamente para absorber gasolina, aceite y líquido de frenos. No perder de vista forma parte de la atracción hacía lo insano.

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Ustedes pueden coincidir en cualquier momento o situación con individuos a quienes es mejor no dejar de observarlos. Pongamos por caso que usted, privado del Canal Satélite, decide afrontar una insulsa tarde de domingo bajándose al bar de la esquina a que su equipo de fútbol le proporcione la inevitable humillación semanal. Ya saben ustedes de qué bar les estoy hablando: ése que cuando pasan por enfrente procuran cambiarse de acera y que, cuando no es posible cambiar de acera, aceleran el paso conteniendo la respiración. Les hablo de ese bar en el cual resulta difícil distinguir su interior desde afuera a causa de la grasa amoratada consolidada en el escaparate. Les hablo de ese local que tiene el extractor de humo fuera de servicio desde su primer día de puesta teórica en funcionamiento. Les hablo de ese bar al que los inspectores de Sanidad o los propietarios de un restaurante chino no se atreven siquiera a entrar. Les hablo del bar en el que van ustedes a ver el partido porque su holgazanería les impide avanzar las dos manzanas que les separan del próximo bar.

Entrarán ustedes en otra dimensión, digo bar, donde el camarero ha superado en ingesta de alcohol a muchos de los clientes, lo que usted le supondrá esforzarse en hacerse entender cada vez que pida un tubo de cerveza o un platillo de rancias cortezas de cerdo. En el local no hay mucha gente: un cincuentón con fehacientes síntomas de raquitismo dipsómano vistiendo una camiseta de Ronaldinho por encima de una camisa a cuadros adquirida a vendedores de otra etnia en el mercadillo del viernes; dos latinoamericanos apurando el cuarto J&B con cola; señores que devoran aceitunas y escupen los huesos al suelo; un exyonqui desdentado y de encías consumidas aficionado a Mahou en compañía de la Mari; y, entre todos ellos, destaca un sujeto cercano a la treintena que quema con un cigarrillo un folleto de propaganda. Ese es el tipo que no podrá dejar de observar mientras se encuentre en el bar.

Porque está concentrado en quemar el papel con su cigarrillo y hace caso omiso del fútbol.

Porque se parece a Luis Enrique y tiene un derrame –provocado por un golpe- en el ojo izquierdo.

Porque ha conseguido que el camarero le permita realizar dos llamadas con su Motorola de última generación y además le ha sacado ya a dos chupitos de Ballantine’s prometiendo pagarlos mañana o el próximo día que aparezca por allí.

Porque él se ha fijado en usted también.

Usted no se siente a gusto cuando, de sopetón, se encuentra rodeado de basura blanca, pero no encontrarse a gusto uno no implica forzosamente retirar la vista, todo lo contrario; es necesario advertir la disparidad y desear con fervor que nada ni nadie le relacione a usted con la gente que ocupa ese mismo espacio en tanto que no deja de observar al calamitoso sosias de Luis Enrique con el rabillo del ojo mientras su equipo clava la rodilla en el césped y el portero recoge el balón del fondo de la malla.

La white trash está entre nosotros, desciende de familias numerosas, desconoce normas elementales de conducta y pedir algo “por favor” comporta un agravio para ellos. Les gusta eructar, expectorar, gritar en público para que se sepa que están ahí y hacer de la ebriedad una bandera. La basura blanca es para los blancos, para reafirmarse y clasificarse como grupo racial frente a lo que se les viene encima.

 

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Y no, ya no sólo se trata de una diferencia de ingresos, hay basura blanca cuyos ingresos a fin de mes son mayores que los suyos. White trash es también el cuñado, el corrupto y el que cobra en negro y se lo gasta en un Rolex. Bazofia blanca es aquel que hace del improperio y la ordinariez la única razón para imponer su razón, aquel que en una frase simple tiene habilidad para intercalar cinco tacos. Es el que quema las ruedas de un BMW con música de Camela a todo volumen sin importarle que sean las tres de la mañana. Basura blanca es su compañero de trabajo que se sabe de memoria la web del As, del Marca y de los UltrasSur y el fin de semana se despoja de la camisa blanca y la corbata de azul, aparca a la Mari en el centro comercial mientras se bebe con los amigotes en el bar quince cervezas sin vomitar.

Y usted… ¿Qué hará para dejar de ser Earl?

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CXC

Febrero 18, 2007

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Adaptarse al medio

Febrero 13, 2007

Les relataba hace unos días acerca de esos individuos (e individuas) que, movidos por algún tipo de barahúnda mental en forma de complejo de inferioridad, tienen como único pasatiempo ellos mismos y el husmeo de la adulación de terceros hacia -de nuevo- ellos mismos. Me refería también a la agravación de mi fobia social debido, entre otras muchas cosas, a la edad. Qué quieren que les diga, me gusta profundizar en estas aversiones, me gusta imprecar, gruñir y confabular. Y a ustedes también les encanta, que les conozco, si no de qué iban a estar leyendo.

Lo que me ocupa hoy es otra tipología ¿humana? que percibo desde hace tiempo. Piensen ustedes en los mortales que les rodean, en sus compañeros de oficina, en aquellos con los que entabló conversación en la última vernissage o al salir de aquella interesantísima conferencia que un gurú de las últimas tendencias de la blogosfera ofreció en el más que adecuado entorno del fnac. Realicen inventario de todos aquellos con los que se cruzan a lo largo del día y comprobarán que se han preguntado en más de una ocasión: ¿Cómo diablos ha llegado este individuo hasta aquí?

Se trata de un arquetipo humano que bien podría ser clasificado de intruso, tal vez superviviente o ya, directamente, de inútil, improductivo y superfluo. Son personas que evidencian no pertenecer al medio en cuestión y que, sin embargo, están, con todas las implicaciones que connota el verbo “estar”. Son esos seres por los que usted jamás daría medio euro pero que la continuidad o no de su trabajo, gestión o proyecto depende de ellos. Son esos ineptos que no se acuerdan siquiera de lo que han desayunado y que ocupan cargos de responsabilidad o, incluso, su mismo plano horizontal. No saben coordinar una frase, y no digamos ya subordinar, y hacen que usted se tire de los pelos ante la confirmación de la injusticia de la vida.

el-windows-no-funciona.jpgEstos seres siempre están quejándose y gimoteando por los pasillos de su empresa con expresión de haberse friccionado una guindilla a lo largo y ancho de sus partes más nobles (o innobles, vaya usted a saber) pero fíjense ustedes que en la vida los verán involucrados en algo, por banal que sea el asunto, con lo que permanecen absueltos de cualquier tipo de responsabilidad y así, en caso de que arda la empresa o sea ésta engullida por un socavón de las obras del metropolitano, en ningún momento se les podrá culpar de nada. En el caso de que ustedes tengan la inverosímil fortuna de trasladarles algún tipo de faena o resolución de problema, tengan seguro que estos portentillos dejarán que sea el tiempo el que se encargue del marrón. Al final, el tiempo (o el becario) todo lo cura, y tenga usted presente que la mayoría de las ocasiones regresará con las manos vacías y enajenado preguntándose quién será el cenutrio que diseña los procesos de selección y por qué el principio de Peter se cumple con tan harta reiteración.

Además, en repetidas ocasiones se verá forzado a tratar con individuos que en una época disfrutaron de su particular momento de gloria y que hoy en día se dedican a vivir -o subsistir hasta eternizarse- de las rentas que otorgaron sus servicios en tiempos pasados. Son seres que en un tiempo remoto dispusieron de tareas de responsabilidad y se aferraron de tal manera a ellas que no supieron ver que la empresa evolucionaba y que un obsoleto Pentium II es capaz de ejecutar esa faena antaño tan importante.

Ya ve usted, obligado por las exigencias del mercado laboral a tener dos titulaciones de grado superior y un master Ejecutive MBA para terminar coexistiendo en los descansillos de cafetera con viejas glorias, cuñados, trepas, profesionales de la insidia y lisonjeros de todas las gradaciones. Y váyase con ojo porque, a pesar de que ninguno de ellos ha leído a Corinne Maier, se reirán de usted ya que es uno de los pocos que aún no entiende la gran empresa moderna como cuerpo privado de funcionarios.

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Everywhere cool is nothing new

Febrero 11, 2007

Hagan el animal…

i won’t listen to reason
i won’t listen to you
i won’t listen to reason
’cause I know what to do
i won’t listen to you

a new way to be
(let’s get higher)
a new way to be
(take me higher)

’cause in the context of no context
everywhere cool, there’s nothing new
yeah in the context of you
everywhere cool, there’s nothing new
yeah in the context of no contest
everywhere cool, there’s nothing new
like in the context of you

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Lo mío es otra cosa

Febrero 8, 2007

flipas-con-la-camisa.jpgDeténgase un segundo a rememorar la sensación de espeluzno recorriendo su columna vertebral cada vez que advertía la presencia de esa camisa de franjas de color naranja y verde tras el escaparate de “Novedades Tomás”, hágase cargo de esas risas de repulsa y chirigota frente a esa camisa considerada como vejatoria por usted y gran parte de su vecindario y congéneres. Recuerde cómo se detenía siempre frente al aparador y observaba con detenimiento para tener la certeza de que una luna de cristal se oponía entre usted y tan repugnante atavío y cómo respiraba aliviado al comprobar que el resto de mortales a su alrededor carecía del arrojo necesario para vestir tan tremebunda combinación de rayas naranjas y verdes.

Y recuerde cómo se vino abajo el buen gusto imperante en su barrio el día en que ese finalista de “La casa de tu vida” se dejó entrevistar por ese gran profesional del medio que es Jorge Javier Vázquez en su programa vistiendo una camisa idéntica a esa que tanto asco le daba. Sin tener tiempo a reaccionar, una horda de clones invadió las aceras de su barrio y todo adquirió una nauseabunda tonalidad verdinaranja. Incluso la camisa del escaparate triplicó su precio de venta, lo cual tampoco impidió que este modelo se agotara.

Señores, la moda consiste en que se considera a algo de mal gusto o baladí o una necedad hasta el momento en que un famosillo -o famosote- se atreve con ello. En ese momento el famosillo se transforma en anuncio viviente y, por tanto, en líder de opinión y atraerá al gran público hasta que le de por otra cosa (esto suele ocurrir a las dos semanas). Pero ¿por qué el individuo copia como un bellaco? ¿Acaso carece de criterio? ¿Es posible que las modas sean un desesperado intento de igualar las diferencias de ustedes? ¿Les suena eso de la aldea global?

Fíjense ustedes que, si a causa de lo miserable de su salario, tienen dificultades para adquirir esas enormes gafas de pasta de D&G (que hace años usted se tronchaba de risa cada vez que veía a Rocío Jurado llevarlas) siempre les quedará el recurso de aguardar en el discobar la llegada de esa persona de otra etnia que le ofrecerá el mismo producto a un precio razonablemente más bajo y en consecuencia accesible a su bolsillo. Es decir, ser igualito a los nuevos ricos no es muy complicado (y cuando se consigan imitar los chalets de la Costa Azul ya ni les cuento)

ultrametro.jpgPárense a pensar qué necesidad tienen ustedes de llevar el móvil enfundado en un calcetín infantil, de comprar un polo lleno de parches, o de anudarse en la muñeca pulseritas de goma o hilo que a los tres días son un nido de roña, o de tener en la estantería un libro de Antonio Gala del cual es imposible pasar de la tercera página sin temor a ser embestido por un sinónimo de cinco o seis sílabas. Qué gracia tiene ir por ahí metiendo barriga vestido de gayetero. Qué necesidad hay de sufrir en una sala de espera pensando en la que se le va a venir encima cuando le taladren la lengua para lucir ese admirable y moderno piercing.

Pues necesidad, lo que se dice necesidad, tiene usted bien poca, pero corre el riesgo de quedar desplazado de su tiempo, y eso parece ya algo más grave. No me nieguen que sentirse parte del grupo les inunda de satisfacción, a pesar de que renieguen una y otra vez del aborregamiento. Tratan de rebelarse y se dan cuenta de que la rebelión es también una moda. Hacen cola junto a dos mil tipos vestidos igual que usted para ir al concierto de los Franz Ferdinand pero, claro, lo de ustedes es diferente. Y sí, yo también tengo un blog, pero lo mío es otra cosa.

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Un regalo

Febrero 7, 2007

Déjense ustedes de Dita von Teese y acudan al original.

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