El universo masculino no se caracteriza precisamente por sus extensas ramificaciones (por mucho que se empeñen los gurús de la sexualidad metropolitana). Me explico, denles a los caballeros artículos de ferretería, gadgets electrónicos, fútbol y cerveza y verán como en cuestión de segundos se abstraen completamente del mundo que les rodea para concentrar la totalidad de su intelecto en una llave inglesa multifunción, el Marca o cualquier modelo extraplano de Motorola con MP3 y captación de sintonía de TV por Wifi.
Los hombres no necesitan de enrevesadas cartografías de psicología humana y de género que aseguren su supervivencia emocional. Hagan la prueba y pregunten. Diríjanse a cualquier leonera donde el ser humano varón acostumbre a reunirse como, por ejemplo, la ferretería, la tienda de recambios para el automóvil, el bar terminal o el gol sur de cualquier estadio de fútbol y pregunten a qué aspiran esos seres que examinan tuercas, compran fusibles, beben sin freno tubos de cerveza o entonan cánticos racistas. Pues ya lo anticipó Ian Dury: Sexo, drogas y rock’n’roll.
Lo de las drogas es posible emularlo con ingentes cantidades de alcohol y, a falta de rock, cualquier gansada mentecata de eso que se conoce como pop español podría servir. Pero, fíjense ustedes, que si la carencia de drogas y rock’n’roll podría ser tolerada en cierto modo, lo que realmente pondría a prueba la quietud mental del ser humano masculino sería no participar de ese comportamiento tan español (a la par que varonil) que es jalear los culos de las féminas sean estos respingones, mofletudos, en forma de pera o celulíticos hasta decir basta.

Cuán lúgubre y falta de aliciente sería la existencia masculina sin un escote al que asomarse. Qué sería del hombre sin amigos a los que relatar proezas sexuales mientras se saborean los correspondientes tubos de cerveza. Es por eso que aquí encontramos otra de las características de la forma de ser del varón y que puede resumirse en la noción de solidaridad puesto que la mayoría sabe que se trata de fanfarronadas pero bajo ninguno de los conceptos serán capaces de contradecir o negar las epopeyas genitales del cronista. Por eso, el asunto de encamarse con toda aquella fémina que se ponga a tiro forma parte del mundo ideal masculino y genera admiración por todos aquellos que, de una manera u otra, han alcanzado tan noble aspiración.
No les extrañe ni se sorprendan cuando miles de hombres manifiesten dudas existenciales acerca de su orientación laboral. En el fondo, saben que no podrán abandonar ese puesto de funcionario, oficinista o peón caminero. Saben que no podrán ser estrellas porno porque intuyan que practicar un coito delante de un equipo de rodaje comporte problemas de adecuada tensión genital. Y además, saben que combinar politoxicomanía, mala leche, ansia de venganza social y sexo resultaría emocionalmente complicado. Saben que jamás serán como John Holmes.
Y este tipo quién es, se preguntarán los más modosos. Pues todo un fenómeno de feria, señores, un irresponsable que se acostó con más de 14.000 señoritas y que, entre otras muchas cosas, se convirtió en el terror de las felatrices más experimentadas. El punto de apoyo donde descansaba el universo de Holmes era, precisamente, su pene, una herramienta de 37 casi inabarcables centímetros y que era capaz de poner en pie de guerra con sólo pensarlo.
Algo debió intuir una amiga de la madre de Holmes en la entrepierna de éste que, cuando contaba con 12 tiernos años, le arrebató la integridad en un decir amén. Aún se desconoce quién indujo a quién.
Finalizado el servicio militar, en 1964, inició la carrera de profesor de educación física y se la costeó como conductor de ambulancias en horario diurno… y como bailarín de striptease por las noches. Empezaba a escribirse la leyenda… Read the rest of this entry ?








Estas terrazas están atendidas por esos monstros que irradian profesionalidad y buen rollo que son los camareros. Díganme ustedes a quién no le agrada sentirse bien atendido cuando decide hacer un alto en el camino para refrescarse. Es por ello que estos profesionales se esmerarán para que su estancia en la terraza sea lo más placentera posible, con lo que ustedes deberán realizar un ejercicio de estrategia y sentarse en alguna mesa próxima a la puerta del local porque estos señores –los camareros- en su afán de complacencia, se desvivirán por atender a aquellos que los reclaman y, fíjense ustedes, casi siempre serán los de las mesas más próximas a la entrada. Por este motivo, si a ustedes les toca en suerte una mesa en lo que podría llamarse el extrarradio de la terraza, mas les vale armarse de paciencia o intentar eso que se llama autoservicio y correr el riesgo de que algún infraser oculto tras la barra les envíe con cierta agresividad a su mesa aduciendo que, en breve, allí acudirá un camarero. Y sí, el camarero se reunirá con ustedes en el momento que a los afortunados de las mesas de al lado de la entrada se les agote la batería de pedidos caprichosos.
En cuanto a la atención dispensada a la clientela, aquí es donde ya nos encontramos con auténticos titanes de lo que es la 

