En algunos posts hemos glosado y tratado de argumentar esos modos y comportamientos que delatan lo que podría definirse como “lo español”. El embrutecimiento, la bronca constante, evitar dar palo al agua, el quiero y no puedo, el alcoholismo en sus más diversas multiplicidades… deben de tener un denominador común, algo que bien podría concretarse como lo cañí, la esencia de la piel de toro, lo español en definitiva.
Uno de los rasgos más característicos de los habitantes de este país es la resignación al destino entendida como refugio de la holganza, el amparo en lo inevitable para gozar casi siempre de una excusa para no hacer las cosas, para no verse en la tesitura de tener que tomar una decisión en un sentido u en otro. Fíjense ustedes la poca tendencia a mojarnos que tenemos que cuando se nos pregunta por nuestras preferencias políticas tenemos el santo morro de responder que o somos de Ánsar o de ZP o, para evitar definirnos, somos juancarlistas en lugar de monárquicos o franquistas en lugar de recios patriotas españoles. Vamos, que guardamos culto a la personalidad con tal de que nos dejen en paz y evitarnos cualquier tipo de reflexión que no sea del tipo “huevo frito o tortilla”; eso es lo que nos destaca como pueblo siempre predispuesto al caudillaje, a la dictadura en cualquiera de sus modalidades y a ceder su soberanía al primero que pase por palacio.
Como señalábamos antes, el amparo en lo inevitable bien podría materializarse en aquello tan críptico que era la unidad de destino en lo universal, que aunque nadie lo acabó de entender muy bien, ayudó a que el carnicerito del Ferrol se mantuviera plácidamente en su poltrona y la palmara en la cama habiéndolo dejado todo atado y bien atado, porque, claro, levantarse contra el caudillo podría ser fácil, pero de ahí a insubordinarse a los dictados del destino, sobre todo si es en lo universal, pues como que la cosa cambia.
Será en esta nueva sección donde rescataremos aquellos personajes que plantaron las semillas para convertir a este país y a sus gentes en lo que son ahora: modernos pero sin estridencias, ajenos a cualquier tipo de extremismo político y opuestos a la sinrazón terrorista, solidarios vía SMS y respetuosos con las ideas opuestas. En estas fechas próximas al 12 de octubre, día de la raza y exaltación de los valores que nos definen como españoles, y como aquí sabemos de la fragilidad de la memoria, nos complacería evocar la figura de una mujer española que no es aquella que cuando besa, besa de verdad, sino aquella que es paradigma de la virtud, la austeridad y el ascetismo, la abnegación y entrega sin reservas a la patria. Nos gustaría hablarles de Su Excelencia Doña Carmen Polo de Franco, la mujer que fue primera dama de España durante casi medio siglo, la única que podía decirle a Franco que se callase sin temor a ser conducida al garrote vil o, sencillamente, ser llevada “de paseo”.
Poco sabemos de su infancia, tan sólo que creció en el seno de una decente familia ovetense perteneciente a aquello que antiguamente se denominaba “la sociedad” y se dedicaban, mayormente, a cosas que hacen los ricos como expropiar terrenos, comprar inmuebles a precios cuatro veces inferiores al real, joderle la vida a los que se ganaban el pan levantándose cuando aún no ha amanecido, etc. Su formación transcurrió a caballo entre las aulas del elitista colegio de las Salesianas (un colegio de aquellos donde la educación se confundía con la evangelización y todo lo que no fuese eso era algo como rojeras y de muy mal gusto) y la preparación a cargo de una institutriz francesa (siempre es mejor lo de fuera: otro dogma hispánico fuera de toda discusión). Como buena española mostró una total consecuencia con su nacionalidad y no llegó a examinarse oficialmente de sus estudios, demostrando así que el éxito en la escala social –si se tiene dinero- no está reñido en absoluto con la deficiencia o incluso carencia de calificaciones académicas.
A los 25 años se cruzó en su vida –concretamente durante algo tan de la tierra como una romería- un comandante del ejército de comprimida estatura; este romance no sería visto con buenos ojos por la familia de Carmencita, que lo que deseaba era casarla con algún aristócrata y recuperar así cierto esplendor económico perdido. Al militar, que se llamaba Paco, pronto lo apodaron como el Comandantín, debido a ese rasgo tan hispánico que es la baja estatura y también debido a que era carne de apodo, qué quieren que les digamos. En definitiva, que cuando la familia de nuestra protagonista afirmaba que Paquito era “poca cosa” no queda muy claro a qué se referían exactamente. Paco, en su clarividencia, comprendió que debía de perseverar en su carrera militar y, no se sabe muy bien si por ambición o por amor, va haciendo méritos en el Rif matando moros malos hasta quedar a un paso de ser general más joven de Europa y, será en este momento cuando se consuma el sagrado sacramento que, por cierto, había sido aplazado en varias ocasiones, y convierte a Doña Carmen en la esposa del militar de moda en el continente entero. Tres años después viene al mundo la que sería única hija del futuro adalid de la pax española y, curiosamente, no existen fotos ni nada que pueda documentar el estado de buena esperanza de la señora, lo cual desata esa rumorología a la que tan aficionado es este pueblo: que si la niña era, en realidad, hija del hermano tarambana de Paquito y había sido adoptada de manera irregular; que a ver si iba a ser verdad lo del disparo en el bajo vientre que recibió el militar en una de sus correrías africanas… (Ya ven que el gualtrapas del Sardá no se inventó nada, como muchos de ustedes piensan)

Las cosas en Oviedo empiezan a ponerse feas debido a las reclamaciones de los mineros que no dudan en poner la calle hecha un asquito y, además, parecen no estar nunca contentos con lo que tienen. Las huelgas y los desórdenes son cada vez más frecuentes y significan algo nuevo y en cierta parte incómodo para lo que se denominaba “la sociedad” que empieza a comprobar aterrorizada cómo peligran los límites de su impunidad y ya no puede andar por ahí a tomar el té con pastas sin riesgo a que les partan la cara sin motivo aparente. Fíjense que tanto molestaban los mineros que Carmencita llegó a reclamar a su marido, no sin cierta insistencia, aquello de “Paquito, dame un golpe”. Y no se refería precisamente a una colleja o una demostración varonil de esas que justifican quien manda en una casa, sino a una algarada militar. Franquito, inteligente y huidizo a partes iguales, decidió que los rojos debían hacer todavía la situación un poco más insostenible. Decisión que provoca todavía en Doña Carmen el incremento de su aversión hacia el obrero manual y la evidencia de cierto deje clasista. Read the rest of this entry ?