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Gastrofashion

enero 18, 2007

Desde que salir a comer se ha convertido en un acto cultural ya no sólo nos alimentamos sino que además participamos en la mejora de nuestro refinamiento contemporáneo. Y es que la cultura se ha convertido en un campo de batalla donde las clases luchan por su hegemonía. Ya no se come unos garbanzos con bacalao sino que se degusta una ambrosía de garbanzos con suspiros de lomo de bacalao del mar del Norte y si, aún así, continúan ustedes empeñados en comer garbanzos con bacalao, es que ustedes son unos mindundis muertos de hambre y, lo más grave, de exiguas inquietudes culturales.

Uno de los síntomas más significativos de nuestras opulentas sociedades tiene que ver con el auge de la gastronomía como algo cultural en paralelo al deterioro del espacio urbano. Me explico: esos jóvenes capacitados y emprendedores que aspiran a convertirse en nuevos gurús de los fogones fashion apuntan a la adquisición de locales en una zona concentrada de la ciudad, generalmente zonas deterioradas en su aspecto urbanístico. ¿El Born? ¿Raval? ¿Barrio Alto? ¿La Bastilla? ¿Chueca? ¿La Latina? Esta irrupción de locales provoca una fuerte alteración de las posibilidades urbanas ya que, en el barrio, el establecimiento en venta tiene el precio de la esperanza generada por el vendedor en función de los beneficios que generará el futuro restaurante. ¿Qué nos queda? Jóvenes empresarios que pagan lo que sea para que su local figure en las guías modernillas sedientos de los wannabes con tarjeta de crédito e inquietudes fashion-gastronómicas que zanganean por barrios que conocieron tiempos mejores en busca de restaurantes que se cobijan en el moderneo para no mostrar su falta de calidad.

En el barrio, se ha pasado del bar terminal al templete gastronómico de calabaza-con-espuma-de-aceite-de-pipas-de-calabaza-naranja-anis-estrellado-y-tamarindo.jpgdiseño, y del barrio con restaurantes al barrio de restaurantes, donde el minimalismo se aprecia tanto en la decoración de los locales (obra vista, luz tenue, columnas y gran escaparate) como en el contenido de los platos. Muchos reflexionaron y abandonaron la animosidad frente la comida minimalista y comenzaron a pagar mucho dinero por nada en el plato desde que El Bulli fue designado como el mejor restaurante del mundo. Ese es el leitmotiv de este negocio: mucha ganancia por nada en el plato.

Las tendencias -consejos para necios sin criterio y con cierto poder adquisitivo- generan una marea imparable y homogeneizadora a pesar de la supuesta multiplicidad de contenidos. Los camareros -inmigrantes o gayeteros (no olvidemos la pincelada exótica)- visten de Zara o H&M tras un mandil negro cuyo dobladillo hace de gamuza de zapatos y que ni tan sólo saben a qué lado del plato va el tenedor y que le hablan como si le estuvieran haciendo un favor por atenderle.

Toda esta maquinaria dejaría de funcionar sin el comensal, ese consumidor dispuesto a disfrutar de las propuestas del cocinero, perdón, del autor… pero a éstos, a éstos me los dejo para otra ocasión.

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