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Neofilias

enero 25, 2007

Hoy me he encontrado con esto (vía…) y, con mis parcos conocimientos de la lengua de la Pérfida Albión y un viejo Collins les he traducido. Y es que a veces valoramos más el futuro que el presente:

La era de la revolución tecnológica lleva 100 años muerta

Simon Jenkins
Wednesday January 24, 2007
The Guardian
 
Me levanto cada mañana, me afeito con jabón y maquinilla, me pongo ropa de algodón y lana, leo el periódico, bebo un café calentado con gas o electricidad y voy a trabajar con la ayuda de la gasolina y de un motor de combustión interna. En una oficina con calefacción central escribo con una Qwerty; puede ser que más tarde vaya a un pub o a un teatro.

La mayoría de la gente que conozco hace lo mismo. Ninguna de estas actividades ha sufrido una alteración cualitativa durante el último siglo, mientras que durante cientos de años anteriores se sufrieron grandes cambios. No vivimos en la edad de la revolución tecnológica. Vivimos en la edad del éxtasis tecnológico, pero no nos damos cuenta. Miramos el futuro y hemos dejado de mirar el presente.

Cuando acabo el leer de la mayoría de los libros, los dejo en la estantería, sobre la mesa o los presto a los amigos. El libro de David Edgerton “The Shock of the Old” es un libro que también puedo utilizar. Puedo cogerlo con ambas manos y golpear con él sobre las cabezas de cada techno-nerd, geek de computadoras o neofílico futurista que me encuentre. Edgerton es historiador de la ciencia en la Imperial Collage de Londres y debe ser un hombre valiente.

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No, la investigación y el desarrollo no se comparan con progreso económico. La computadora no es un avance tecnológico imponente, apenas es una extensión de la comunicación electrónica. Internet no ha transformado la vida de la mayoría de la gente, les ayuda a  hacer más rápidamente lo que hacían antes. La tecnología armamentística no ha transformado la guerra, simplemente genera grandes sumas de dinero mientras los soldados ganan o pierden disparando sus ametralladoras.

La innovación tecnológica está sobredimensionada por aquellos que mercadean el dinero, generalmente del gobierno. Pero, dice Edgerton, si atendiéramos solamente a los fines más que a los medios, perderíamos menos y conseguiríamos más derechos. Los científicos nunca introducen en sus ecuaciones el coste de oportunidad de sus éxitos, aún menos el coste de sus faltas. ¿Dónde están aquellas revoluciones que iban a cambiar nuestras vidas: viajes supersónicos, vuelos a la luna, etc.? ¿Por qué se transportan más mercancías en barco que siempre? ¿Por qué la industria que crece más rápido es la doméstica y el “hágalo usted mismo”?

Para Edgerton, la tesis de que la civilización debe innovar o morir es basura. Las naciones no son tiburones que deben moverse para respirar. Con todo, nos deslumbramos por la primicia en tanto que perdemos el escepticismo. El resultado es la sobreventa grotesca de la novedad y rechazar lo que ya sido probado y testado.No hay nada reciente en este fenómeno. La energía de vapor era enormemente costosa en recursos y mano de obra y, durante la mayor parte de su vida, probablemente menos eficiente que energía animal. Se requirieron aún más caballos (proveer el carbón y mantener sus terminales) que antes. Incluso habría hoy probablemente menos tráfico en los caminos de no existir trenes indignantemente tan poco rentables.

Lo que Edgerton llama el “tecno-nacionalismo” es proclamado regularmente por los políticos como algo vital para las economías domésticas. No hay evidencia de esta necesidad. La transferencia de tecnología global es virtualmente libre. Lo que impide su crecimiento no es la falta de inventiva sino las restricciones gubernamentales en libre cambio. Los países astutos “piden prestada” tecnología, al igual que Japón después de la guerra y las economías tigre de América en los años 90.

La característica más notable del libro de Edgerton es su énfasis en la durabilidad de últimas innovaciones. La inversión casera que se vende más rápido es el “flatpack”, hecho con trabajo y transporte extranjeros baratos y montado por el usuario. La mayoría de áticos y garajes se ocupan con kits para los que no hay un uso continuado, desde las bicicletas estáticas a “fondues”. Las mujeres de la clase media hacen probablemente un trabajo más manual que en el S. XIX, asistidas por vieja tecnología como la lavadora y el aspirador. Resulta una pequeña maravilla que todavía se consuman antiguos recursos como alcohol, nicotina, cáñamo y opio.

Por supuesto, las computadoras han acelerado radicalmente la comunicación. Pero para la mayoría de usuarios (aún solamente mitad de británicos y una fracción minúscula del globo) suple simplemente al correo y el teléfono. La mayoría de la gente envía o recibe e-mails un par de veces al día, casi las cifras que alcanzó el correo escrito en la época victoriana. Amazon y eBay han respondido pero no han sustituido el mercado al por menor. La televisión, con 80 años, y la radio han mejorado pero no han cambiado en bastante tiempo. Ambas eran esencialmente innovaciones de la época victoriana.

El más grande adelanto tecnológico ha sido volar. El glamour del desafío a la gravedad creó un complejo global de Icaro. Las fuerzas aéreas han atraído a cada generación de políticos del siglo XX. Han matado a civiles y arruinado propiedades pero no han ganado guerras. Más serio, el coste de nuevas aeronaves acosa presupuestos y deja infraequipadas a las tropas de tierra – como está sucediendo en Irak y Afganistán.Los ministros son masilla en las manos de proveedores de armas aerotransportadas. Con todo, cualquier análisis de la última mitad de siglo demostrará que el rifle, el mortero y (en África) el machete son las herramientas del éxito. La tecnología de la guerra, supuesta galvanizadora de la innovación, ha cambiado apenas en cientos de años. De hecho, se ha sustituido valor en el frente de batalla por cobardía frente al aislamiento, se podría decir que la innovación en el aire contribuye a la derrota.

La más rápida contribución a la movilidad es otra invención victoriana: el coche, dependiente en la combustión interna del carbón. Los vuelos son triviales, un minúsculo porcentaje en cualquier sentido necesario. Los aviones se utilizan de forma aplastante para vacaciones y negocios. Con todo, se venden los aviones (y los aeropuertos) como algo  “económicamente vital” para la nación.

Esta neofilia tiene por lo menos sus momentos mordaces. H.G. Wells escribió en The Shape of the Things to Come (en 1937) que los “aviadores traerían paz y civilización a un mundo devastado por la guerra”. Pronosticó que en el plazo de 30 años el mundo convendría en un nuevo orden basado en el eje de la aviación intercontinental. ¿Y dónde estaba ese eje? Su respuesta era Basora.

Todavía hay un hotel en Basora adornado con murales de pilotos gloriosos mostrando este nuevo mundo nuevo. Está (o estaba en mi visita pasada) en un club de los oficiales británicos. Cada noche, los morteros intentan borrarlo de la tierra en una repugnante guerra del estilo victoriano.

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