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El internet

enero 29, 2007

Leo este post de la mosca cojonera y me asalta la duda sobre si todo eso que nos han vendido como parangón de la libertad no será, en realidad, todo lo contrario. Vamos, que usted se compra un PC, lo abona con su tarjeta de crédito y adquiere los servicios de un proveedor de Internet con cualquiera de las dos velocidades disponibles (la baja y la nula) y, venga, a disfrutar de la emancipación que implica acceder al mundo mundial, a navegar y a deslizarse por esas autopistas de la información, a teclear como un orate escarbando en todo aquello que nos concierne: pornografía, el Madrid, escabrosidad, un Chat a ver si pilla, concupiscencia, la última necedad de Stallone (que no piensa ver porque no le gusta pero hay que tenerla) y algo de lascivia (no, si fui redireccionado hasta aquí, se lo juro)… Reconozcan ustedes que lo primero que se hace en Internet no es visitar la página de la NASA o la de la biblioteca del Congreso. Vamos, que si ustedes no han pisado nunca una biblioteca ¿lo iban a hacer ahora? Pero no nos desviemos. Como decía, la puerta por la que se accede a este mágico mundo es eso que llaman guguel.

esto-no-lo-acabo-de-ver.jpgDe momento, Google es el buscador más utilizado por los internautas españoles, aunque también es cierto que las cifras de conexión que se manejan en estos andurriales tienden a lo africano. Y claro, Google -como empresa- decide qué referencia es más relevante que otra tomando como base para esta conclusión sus reputados e insondables algoritmos, esto implica que el más popular de los buscadores determina cuál es la verdad tácita (siempre coincidente con intereses comerciales o ideológicos)

Habrán leído o alguien les habrá contado a ustedes por ahí que Internet es el primer medio de comunicación de masas de la historia que permite comunicarse a personas y organizaciones, de muchos a muchos en cualquier lugar y en cualquier tiempo, vamos, todo eso de la red de redes y la aldea global así, de sopetón. El progresivo número de usuarios -léase consumidores- en el mundo hace que las empresas se devanen el encéfalo para delimitar comercialmente la red, esto es que, por ejemplo, si usted bebe Pepsi pero CocaCola ha adquirido la exclusividad de venta en el Alcampo, pues lo lleva crudo para comprar Pepsi en el Alcampo. Con todo ello, no es de extrañar que los gobiernos inviertan cifras mareantes para poder intervenir y controlar la red o, como mínimo, vigilarla. El gobierno de la comunicación parece ser el fundamento del poder. Los perfiles de internautas -precisados por el uso de un determinado motor de búsqueda- se venden a comerciantes deseosos de apuntar mejor a sus consumidores potenciales.

Esto de poder leer el Shangai Times aunque no tengamos ni más remota idea de chino mandarín, o ver como está la clasificación de la liga malgache de hockey sobre hielo, o incluso bajarnos fotos de menores tailandesas pensando que se trata de estampas de puestas de sol vietnamitas, nos puede hacer pensar que el acceso a esta variedad de informaciones nos transforma en seres cosmopolitas, personas jóvenes de su tiempo que viven y disfrutan del abanico de conocimiento que pone la red a su disposición.

Pero, ya ven, la localización de ustedes como usuarios permite a los grupos de comunicación servir informaciones estructuradas en torno a su región, ciudad y, afinando, código postal. Es decir, que acceder a las páginas del Shangai Times se accederá, pero no se darán ustedes en los morros con él. Todo lo contrario a la pretendida universalización. La localización de la IP deviene en municipalismo, en egolatría, en “hablemos de nosotros” y que les den a los chinos. Pues claro, que les den a los chinos, pero cuando empiecen ustedes a recibir publicidad machacante de las pelotas de golf Pinnacle y tiren ustedes un poco del hilo y averigüen que, tal vez, tenga esto que ver con una aciaga tarde en la que compró aquel drive de titanio 454 en eBay, descubrirán que la utilización de bases de datos comerciales anula cualquier indicio de privacidad en estos tiempos dominados por Internet.

La IP dice muchas cosas de ustedes. Pero no sólo son las grandes corporaciones las que manipulan y expanden nuestros datos: muchas veces somos nosotros mismos los culpables, de una manera incauta o consciente porque, vamos a ver, quién de ustedes no ha llegado -o ha pensado llegar- a la ruindad -víctima del despecho- de teclear en un chat o en una página de contactos el número de teléfono de una ex-novia…

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One comment

  1. Esto es el gran hermano y no nos damos cuenta.
    Ilusos, que somos unos ilusos…



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