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Blitzkrieg

febrero 6, 2007

Un compañero de trabajo fue ayer al cine a ver una película de nazis y se ha pasado más de media mañana farfullando cosas en alemán mientras tecleaba en su ordenador, dando taconazos bajo la mesa y reprimiendo el tic del saludo romano cada vez que alguien cruzaba el pasillo. El caso es que, por algún tipo de razón, los villanos son casi siempre más atractivos que los buenos y por mucha costumbre que exista hoy en día de retratar personalidades confusas capaces de fusionar el bien con el mal, donde permanezca el maniqueísmo que se quite todo lo demás. Porque la atracción por el mal es necesaria.

Y los malos por excelencia son los nazis. Fíjense ustedes si son infames que hasta está prohibido decir que molan. Antes de nada una advertencia: no busquen ustedes aquí apología de las duchas desinfectantes, o realce de aquel que cada mañana disparaba a dos o tres presos judíos desde su balcón antes de desayunar una Weißwurst. Esas cosas son muy feas y en absoluto loables. Aquí, lo que nos llama la atención es la vertiente popular del nazismo.

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Que los nazis fueron victimas de la moda es algo que hoy en día no tiene discusión. Esas botas como de montar tan ceñidas y pulidas y esas casacas abotonadas con firmeza y sin una sola arruga, por no hablar del tres cuartos de cuero germano radiante como el barniz. Y qué me dicen de esas gorras de plato relucientes con esas esvásticas y esas calaveras fulgurantes frotadas con algodón mágico Aladdin. Claro, este fondo de armario necesita de una percha, y los alemanes son tan altos, tan rubios y tan guapos que resulta imposible imaginar este uniforme en un mocetón de curtidas facciones originario de la tosca meseta castellana. Resumiendo, que si es usted malvado, tiene un armario a la última y es bien parecido, ya tiene una buena parte de la atención ajena sobre su estampa.

Finalmente, me gustaría que reflexionaran sobre la catadura ética de estos seres. No me nieguen que -en los más íntimos escondrijos de su conciencia tienen o han tenido- reflexiones no digo ya perversas sino hasta censurables y casi apocalípticas.

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Bien, pues la diferencia entre ellos y ustedes es la absoluta carencia de cualquier tipo de controversia moral. Son malos, tienen un cometido en la Historia y van a llevarlo a cabo sea como sea sin tener en cuenta lo que pueda pensar del asunto el resto de la población. Ellos están convencidos de su obligación. ¿Lo está usted? ¿Acaso no le importa lo que de usted se pueda decir o pensar? Además, están capitaneados por un ultravillano, no como ustedes que tienen como jefes a unos cabronzuelos que hace dos días empujaban un arado y encuentran en el trabajo su proyección fálica. Y, en el noble momento de la derrota, lo hacen suicidándose, inmersos en esa orgía de destrucción que ellos mismos han creado, como si de un estrellón del rock estuviésemos hablando, o cambiando de identidad (como Elvis).

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