h1

Están aquí…

febrero 19, 2007

No oculten que en ocasiones resulta imposible desviar la vista de según qué personas; con toda seguridad esto de no dejar de mirar se trate de un ejercicio de autodefensa que tiene como empeño asegurar que usted no es como el otro, vamos, que podría hablarse de la observación del otro como de una maniobra de autoafirmación. O de un ver para creer.

O del irreprimible impulso de levantar el pie del acelerador en el momento que se cruza con una castaña en la autovía de esas que los bomberos tienen que rociar el asfalto de serrín y no precisamente para absorber gasolina, aceite y líquido de frenos. No perder de vista forma parte de la atracción hacía lo insano.

me-la-bebo-antes-de-que-nos-metan-el-segundo.jpg

Ustedes pueden coincidir en cualquier momento o situación con individuos a quienes es mejor no dejar de observarlos. Pongamos por caso que usted, privado del Canal Satélite, decide afrontar una insulsa tarde de domingo bajándose al bar de la esquina a que su equipo de fútbol le proporcione la inevitable humillación semanal. Ya saben ustedes de qué bar les estoy hablando: ése que cuando pasan por enfrente procuran cambiarse de acera y que, cuando no es posible cambiar de acera, aceleran el paso conteniendo la respiración. Les hablo de ese bar en el cual resulta difícil distinguir su interior desde afuera a causa de la grasa amoratada consolidada en el escaparate. Les hablo de ese local que tiene el extractor de humo fuera de servicio desde su primer día de puesta teórica en funcionamiento. Les hablo de ese bar al que los inspectores de Sanidad o los propietarios de un restaurante chino no se atreven siquiera a entrar. Les hablo del bar en el que van ustedes a ver el partido porque su holgazanería les impide avanzar las dos manzanas que les separan del próximo bar.

Entrarán ustedes en otra dimensión, digo bar, donde el camarero ha superado en ingesta de alcohol a muchos de los clientes, lo que usted le supondrá esforzarse en hacerse entender cada vez que pida un tubo de cerveza o un platillo de rancias cortezas de cerdo. En el local no hay mucha gente: un cincuentón con fehacientes síntomas de raquitismo dipsómano vistiendo una camiseta de Ronaldinho por encima de una camisa a cuadros adquirida a vendedores de otra etnia en el mercadillo del viernes; dos latinoamericanos apurando el cuarto J&B con cola; señores que devoran aceitunas y escupen los huesos al suelo; un exyonqui desdentado y de encías consumidas aficionado a Mahou en compañía de la Mari; y, entre todos ellos, destaca un sujeto cercano a la treintena que quema con un cigarrillo un folleto de propaganda. Ese es el tipo que no podrá dejar de observar mientras se encuentre en el bar.

Porque está concentrado en quemar el papel con su cigarrillo y hace caso omiso del fútbol.

Porque se parece a Luis Enrique y tiene un derrame –provocado por un golpe- en el ojo izquierdo.

Porque ha conseguido que el camarero le permita realizar dos llamadas con su Motorola de última generación y además le ha sacado ya a dos chupitos de Ballantine’s prometiendo pagarlos mañana o el próximo día que aparezca por allí.

Porque él se ha fijado en usted también.

Usted no se siente a gusto cuando, de sopetón, se encuentra rodeado de basura blanca, pero no encontrarse a gusto uno no implica forzosamente retirar la vista, todo lo contrario; es necesario advertir la disparidad y desear con fervor que nada ni nadie le relacione a usted con la gente que ocupa ese mismo espacio en tanto que no deja de observar al calamitoso sosias de Luis Enrique con el rabillo del ojo mientras su equipo clava la rodilla en el césped y el portero recoge el balón del fondo de la malla.

La white trash está entre nosotros, desciende de familias numerosas, desconoce normas elementales de conducta y pedir algo “por favor” comporta un agravio para ellos. Les gusta eructar, expectorar, gritar en público para que se sepa que están ahí y hacer de la ebriedad una bandera. La basura blanca es para los blancos, para reafirmarse y clasificarse como grupo racial frente a lo que se les viene encima.

 

white-trash-nosotros.jpg

Y no, ya no sólo se trata de una diferencia de ingresos, hay basura blanca cuyos ingresos a fin de mes son mayores que los suyos. White trash es también el cuñado, el corrupto y el que cobra en negro y se lo gasta en un Rolex. Bazofia blanca es aquel que hace del improperio y la ordinariez la única razón para imponer su razón, aquel que en una frase simple tiene habilidad para intercalar cinco tacos. Es el que quema las ruedas de un BMW con música de Camela a todo volumen sin importarle que sean las tres de la mañana. Basura blanca es su compañero de trabajo que se sabe de memoria la web del As, del Marca y de los UltrasSur y el fin de semana se despoja de la camisa blanca y la corbata de azul, aparca a la Mari en el centro comercial mientras se bebe con los amigotes en el bar quince cervezas sin vomitar.

Y usted… ¿Qué hará para dejar de ser Earl?

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: