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Cosmopaletos

mayo 21, 2007

Lo que en su momento fue fugaz entretenimiento de pudientes aburridos con ganas de epatar y tontear hasta el momento de ponerse al frente de la empresa de papá, ha calado hasta humedecer los estratos inferiores de nuestra alegre y despreocupada sociedad. Bastante tenían ya los comerciales del Tecnocasa o los reponedores del Caprabo con hacer equilibrios malabares para sufragar la mensualidad del Hyundai Coupé como para ahora atosigarlos hacia la adquisición de ropa ajustadita en partes estratégicas, cosmética encarecida por su condición de masculina (no olviden que la piel del hombre es diferente a la de la mujer) o el enfermizo consumo de publicaciones para el hombre moderno cuya ficticia aplicación es servir de norte frente a la avalancha de novedades de todo tipo que nos rodea y que, en realidad, sirven como agentes de control social mediante aquello de “tenga usted claro a qué clase pertenece tomando como referencia aquello a lo que jamás podrá alcanzar”.

 

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El palurdo, en su comportamiento simiesco, adopta expresiones y usanzas que en modo alguno le pertenecen, la comparación –siempre infame- con quien está por encima en la llamada escala social es inevitable y, aplicando el sueño americano a estos andurriales, o la tan española teoría del pelotazo inmobiliario (eso quien pueda), intentan por todos los medios proceder a su desclasamiento por medio de la adquisición desenfrenada de bienes de consumo o apadrinando usufructos que, en sus personas, son hasta bizarros. Así, es posible ver provincianos tibios de cerveza y con calcetines blancos de a euro el pack de tres en el club de tenis o de golf y, también, gualtrapas con boina al volante de coches de importación alemanes a 170 kilómetros por hora por esas impresionantes carreteras de la meseta.

 

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¿Qué les falta a estos recios hombres para asemejarse aún más a esos que toman martinis en el club de polo? Pues eso, dejar de lado ese ceñudo estar castellano y abrazar una nueva sexualidad que, a buen seguro, les reportará momentos de satisfacción y deleite y, lo más importante, les ayudará a reencontrarse con ellos mismos en ese nuevo status cosmopaleto. Y de la misma manera que en la época de Hobbes el hombre cedía a un poder absoluto el monopolio de la violencia a cambio del estado de paz, en la época de la Liga de las Estrellas, el ser masculino abandona su brutalidad y calidad de agreste en favor del advenimiento de una nueva sensibilidad aglutinadora de un todo. ¿No lo encuentran bello?

¿Qué intentan los gurús de la metrosexualidad? Integrar al sistema de mercado el cuerpo masculino. Vamos, que el gañán salga a comprar algo más que un coche imitación deportivo o un juego de llaves de precisión. Para ello se publicitan aspectos de la sensibilidad femenina y se maquillan de manera tolerable para el garrulo y ya tenemos a machotes de toda la vida enzarzados sin remedio en la vorágine metroconsumista.

Por ello, una fórmula de comportamiento perpetrada por personas que hace unos años habrían sido tachados de mariconazos, es –en la actualidad- paradigma de modernidad, buen gusto, sensibilidad y el fin del atraso centenario que siempre ha padecido este país de modo que, de Cádiz a Girona, pasando por Tomelloso, Alcázar de San Juan y Madrid, rompeolas de las Españas, podemos decir que empezamos todos a hablar similar idioma.

hedonist.gifHa nacido toda una generación que, además de atender a los grandes y pequeños temas cotidianos, se preocupa de sí misma, de su aspecto y de cultivar sus tendencias más hedonistas. Empolvando con su glamour los restaurantes donde la white trash se congrega y apelotona con el único fin de aparentar (aparentar que pueden pagar por un segundo plato el triple de su valor real y beber exclusivas remesas desechadas por las prestigiosas bodegas de la ribera del Duero también a un precio que multiplica por cuatro su auténtico valor, todo ello servido por un anoréxico camarero de otra etnia o país hermano y de cejas depiladas que corretea entre las mesas con sensibles y etéreos movimientos). Locazas que van al Fellini en compañía de la churri a bordo de un Seat Ibiza pseudo-tuneado escuchando chumba y haciéndolo pasar por techno “inteligente”.

En el Gayxample y en Chueca, los gestores de las franquicias de depilado integral se frotan las manos y babean frente al volumen de negocio que desde hace tiempo se les viene encima: butaneros, camareros y paletas oficiales de primera borrachos de anuncios de Jean Paul Gautier en busca de ese torso lampiño como de prepúber. Hombres hechos y derechos que aspiran a parecerse –muy a su pesar- a Ute Lemper; que dicen odiar el fútbol pero no pueden evitar estar atentos a cualquier episodio promocional de ese ser casi fronterizo que atiende al nombre de David Beckham.

ute.jpgY los vemos devorando el Cosmo o el Men’s Health mientras aguardan su turno en la peluquería unisex. Se les intuye zanganeando con el carrito por la sección de cosméticos del Carrefour o del Día (en los casos más desventurados y extremos) haciendo reventar los precios de las cremas hidratantes, exfoliantes y antiarrugas.

¿No existirá algún velado propósito en todo esto de la sexualidad metro entendida como forma de consumismo? Las personas, al someter sus cuerpos y costumbres de consumo a la presión social del refinamiento, al confinarse en el forever young, al dejar de ser personas para convertirse en wannabes que venden su libertad a cualquier financiera ávida de sangre, se convierten a ese narcisismo que obliga a uno a ocuparse sólo de sí mismo y abandonar los quehaceres y obligaciones ciudadanas en mano de profesionales. No se olviden de que las exigencias físicas y sociales del perfil metropolitano y sexual coinciden con actividades que salen por lo que se conoce como un ojo de la cara, demasiado esfuerzo se exige a la persona moderna como para que se ponga a pensar también.

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