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Addicted to Kim

junio 25, 2007

Una de las imágenes que contribuyeron al humedecimiento de mi inaccesible animalario femenino fue la portada del nº 70 del Ruta 66 dedicado a las Riot Grrrls con la imponente presencia de Kim Gordon. En aquel momento parecía que las bandas formadas por chicas o aquellas mixtas donde hubiese una que fuese más allá del adorno se iban a comer el mundo y un nuevo orden femenino gobernaría la galaxia rock. Una especie de female revolution que se desvaneció en cuanto se descubrió que era más de lo mismo y que en cualquier recopilatorio dedicado a lo femenino -como elemento peculiar en el rock- todas las bandas sonaban igual y resultaba difícil diferenciarlas.

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Como paradoja, Kim Gordon no tocaba en una banda-solo-chicas y acabó convertida por arte y gracia de los medios (siempre tan avispados) en cabeza visible de esta intentona punk feminista; supongo que los medios –como siempre- apuntan a lo superficial y su agreste belleza la convertía en superficial (a pesar de ser profesora de arte), no como las guarronas de las L7, que confundían proliferación de mugre con reivindicación de lo que fuera.

En aquella época Sonic Youth era el pilar sobre el que se edificaban mis regodeos musicales. Pocas bandas eran capaces de transmitirme tanta electricidad como la que se escapaba de entre los surcos de sus discos y en muy contadas ocasiones me he sentido aplastado por los vatios como me ha ocurrido en los directos de los neoyorquinos. Supongo que ese amor de fan por SY contribuyó a mi enamoramiento virtual por la Gordon. ¿Qué tenía ella que no tuviesen las demás? Pues esa presencia enérgica y fibrosa, los tendones que emergían bajo la piel de su antebrazo y que parecían la prolongación de las cuerdas de su bajo, un aire obstinado que la hacía impenetrable y esa boca enorme como sólo las norteamericanas pueden tenerla. A sus 54 años, el sex appeal de Kim Gordon permanece inalterable, rubia eléctrica y perfil inconmovible. No me pregunten por qué pero siempre me la imaginé sudorosa llenando depósitos de gasolina en cualquier estación de servicio de la carretera que atraviesa el desierto de Arizona.

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Mi entusiasmo por Sonic Youth se disipó hace tiempo, dejaron de interesarme porque empezaron –ya lo avanzaron Ramones en su Rock’n’Roll Radio- a sonarme siempre a lo mismo. “Washing Machine” contenía un tema de casi veinte minutos: aquello era de lo que había huido durante casi toda mi vida. Y no piensen ustedes que se trató de una frivolidad por mi parte. Ver como tu banda favorita empieza a dejar de interesarte es, cuando menos, doloroso y, si algo no estoy dispuesto a hacer es a vivir de manera permanente en el recuerdo. Así que, pasar de largo frente al cajón de los discos de SY en la tienda fue mi primer paso (inconsciente) en la transformación que supuso dejar de ser consumidor de música en formato banda y convertirme en consumidor de canciones.

Kim Gordon desapareció también en estas brumas. Fue el típico amor que muere por desamparo, falta de cuidado tal vez, ese que no se sabe muy bien cómo y que, cuando te das cuenta, se escurrió entre los dedos. Por eso, escribiendo este post me he reencontrado con SY, que siempre fue la banda de Kim Gordon y no la de Thurston Moore -como mucha gente considera- y he vuelto a escuchar “Teenage Riot” con la misma pasión que hace casi 20 años porque, a veces, reencontrar a según quién tiene efecto como de Gerovital.

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