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Somos unos cracks

julio 2, 2007

Este post está dedicado a todos aquellos que se dejan empantanar por el escepticismo cada vez que escuchan el nombre de este país. Está destinado a esos aguafiestas que en absoluto arriman el hombro y siempre se apuntan al carro de los vencedores cuando todo el trabajo ya está realizado y está dedicado, por supuesto, a todos aquellos que hacen de lo agorero una bandera, su bandera.

El espíritu de superación de este pueblo está fuera de toda duda. Fíjense ustedes que, hace más de 500 años, nuestra rica cultura estaba prácticamente aniquilada por los moros invasores y, con dos cojones y la ayuda de los Reyes Católicos los devolvimos al África. Más tarde, fuimos capaces de expulsar a los franceses que vinieron, nada más y nada menos, a ilustrarnos, como si nosotros necesitásemos para algo a los intelectuales gabachos. No olviden tampoco nuestra capacidad para restaurar el orden y las buenas costumbres que los progres pulverizaron durante ese nefasto invento que fue la República. Y ahora, nos hemos sacudido los complejos frente a los norteamericanos para convertirnos en líderes mundiales en consumo de cocaína.

jovenes-comprometidos-con-la-causa.jpgY es que los españoles cuando nos ponemos somos capaces de cualquier cosa. Déjense ustedes de inventos extranjeros como los 12 meses de permiso de maternidad, los impuestos elevados como modo recaudatorio en pos de la prestación social o de servicios o el escaso interés germano por la inversión inmobiliaria a favor del mercado de alquiler. Aquí, lo que nos gusta es el vociferio, la charanga, guardar cola frente a la puerta de los retretes, el cachondeo, hacer partícipes de nuestra alegría a todos los que duermen a las cinco de la mañana y, sobre todo, encerrarnos dentro de un Seat Ibiza en el aparcamiento de un discotecón de extrarradio para vivificar ese comportamiento tan español que es meterse rayas de laxante cortadas con algo similar a la cocaína. Y es que de un país que tiene al Neng como icono de lo que se popularmente se conoce como una juventud sana es lo menos que se podía esperar.

Realicen ustedes un intuitivo ejercicio de cálculo mental y determinen –en función de la proporción de sustancias que no son cocaína y se confunden como tal dentro del interior de la papelina que nos han pasado- cómo de indiscriminado debe de ser su consumo para figurar en cabeza del ranking del mundo mundial. Y es que somos unos cracks. Porque lo nuestro, no se engañen, es la desmesura y el trapicheo, salir a pillar como si se fuese a acabar el mundo para poner después nuestro coma en las expertas manos de los enfermeros del Samur. ¿Para qué disfrutar si se puede abusar? Pues para eso señores, para emular a Fernando Alonso y Maradona juntos y ser unos auténticos champions.

Veremos cuánto tardan los perroflauta en reclamar la legalización del consumo con argumentos tan superficiales como que si el productor jamás obtiene beneficios de su trabajo, o que ello contribuiría a la desaparición o descenso de la actividad mafiosa, incluso dicen que estaría menos cortada y se ganaría en calidad. Y desde aquí nos preguntamos: ¿qué ocurre con el esfuerzo humano? Esas horas de espera en el disco-pub esperando que llegue nuestro hombre. Ese cagarse en todo cuando se descubre que lo que hay en el interior de la papelina es una Bayer efervescente rascada con una Gillette. Esas colectas desesperadas entre los colegas y los que no lo son a horas más que improbables. Ese trasiego de visitas a los mingitorios o al Ibiza para meterse una puntita eludiendo la vigilancia del vigilante de Prosegur o, peor aún, de la Jennifer. No nos negarán que todos estos elementos de riesgo, aventura y superación ante la adversidad son inherentes a la adquisición y disfrute de sustancias denominadas ilegales.

 

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Por eso, si esos polvos que nos venden como cocaína fuesen lícitos, el consumo no sólo disminuiría y perderíamos la nuestra privilegiada posición a nivel mundial sino que la Guardia Civil se quedaría sin trabajo, los de Proyecto Hombre sin jornaleros gratuitos y la Reina Doña Sofía sin rastrillo benéfico, y además se produciría una merma en ese épico espíritu castellano de superación que tanto y tan bien nos define provocada, sin duda, por la comodidad para conseguir tan celebrada sustancia.

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