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Bravas recalentadas

agosto 2, 2007

Parece que este verano tampoco podremos dedicarnos a explorar remotos terruños con el fin de comprobar que siempre existirán aborígenes que están peor que nosotros y, por ello, descubrir que no tenemos ni un ápice de razón cuando nos quejamos de los 1000 € con los que nuestra empresa nos obsequia cada fin de mes. Para paliar esta situación proponemos, a cambio, un periplo alrededor de esos lugares tan comunes que no se pueden dejar de relacionar con el verano.

Que levanten la mano aquellos que hayan sido atendidos a la primera en la atestada terraza de un bar del paseo marítimo o de esa calle reconvertida en peatonal para que ustedes puedan malgastar su dinero con más comodidad. Y es que no hay nada más reconfortante que encharcarse el estómago con un cervezón de medio litro cuando el sol aprieta.

ya-mismo-le-acerco-el-cenicero.jpgEstas terrazas están atendidas por esos monstros que irradian profesionalidad y buen rollo que son los camareros. Díganme ustedes a quién no le agrada sentirse bien atendido cuando decide hacer un alto en el camino para refrescarse. Es por ello que estos profesionales se esmerarán para que su estancia en la terraza sea lo más placentera posible, con lo que ustedes deberán realizar un ejercicio de estrategia y sentarse en alguna mesa próxima a la puerta del local porque estos señores –los camareros- en su afán de complacencia, se desvivirán por atender a aquellos que los reclaman y, fíjense ustedes, casi siempre serán los de las mesas más próximas a la entrada. Por este motivo, si a ustedes les toca en suerte una mesa en lo que podría llamarse el extrarradio de la terraza, mas les vale armarse de paciencia o intentar eso que se llama autoservicio y correr el riesgo de que algún infraser oculto tras la barra les envíe con cierta agresividad a su mesa aduciendo que, en breve, allí acudirá un camarero. Y sí, el camarero se reunirá con ustedes en el momento que a los afortunados de las mesas de al lado de la entrada se les agote la batería de pedidos caprichosos.

Para que se hagan ustedes una idea del nivelazo que es posible encontrar en las terrazas de la piel de toro, algunos de estos camareros son capaces de memorizar los pedidos de hasta diez mesas sin tomar ni una sola anotación. El hecho de que, en ocasiones, los encargos no lleguen completos, o cambiados de mesa, o sencillamente no vengan jamás, no es culpa de estos profesionales de la terraza sino del incompetente que está detrás de la barra, que no sabe coordinarse y no tiene ni puñetera idea del oficio.

decia-usted-de-las-croquetas.jpgEn cuanto a la atención dispensada a la clientela, aquí es donde ya nos encontramos con auténticos titanes de lo que es la public relations propiamente dicha. Profesionales que muestran abiertamente lo a gusto que se encuentran en el desempeño de su función y le dejan al cliente bien claro que se encuentran en su territorio, maestros de la bandeja capaces de calcular por usted el importe de la propina a recibir, incluso los hay que miran por el colesterol de ustedes y le meten mano a las patatas fritas en tanto que se encaminan a su mesa (¡¡Verídico!!) con el combinado número cinco sobre la fuente y cómo no, aquellos que creen que el orden de los factores no altera el producto y traen el cortado antes que el bocata de calamares.

Y qué me dicen de esas tapas, de esas gambas con la cabeza medio colgando y esos platillos con todas las aceitunas que los que le precedieron dejaron de lado, esos mejillones con solera y esos berberechos atiborraditos de arena que harían rechinar los dientes al mismísimo Steven Seagal y son cobrados como si fuesen cogidos a mano por intrépidos mariscadores gallegos. Y la fritanga que no fueron capaces de embutirse los de la despedida de verano de la oficina la noche anterior, se la sirven a usted como si tal cosa previo paso por el microondas de graso interior. En una economía de supervivencia en lo más básico como la nuestra no se desperdicia nada, faltaría más; pues ya tuvimos lo nuestro cuando la posguerra y ponemos a dios por testigo que jamás volveremos a pasar hambre. Y veamos si tienen ustedes agallas de quejarse, que se lo cambian de plato, o de vaso, o se lo pasan de nuevo por el microondas y aquí paz y después gloria. Ante este panorama, recomendamos con fervor apagar los cigarrillos en las croquetas, destrozar con el tenedor los restos de la tapa que no vayan a comer o echársela directamente al primer perro que pase por la terraza.

Así está el servicio de la hostelería canicular en estos pagos. Que desean ustedes camareros más profesionales y con algo más de apego a la faena, pues páguenlos, entretanto deberán ustedes acostumbrarse a un servicio foráneo que apenas domina nuestra lengua mezclado con estudiantes o parados de larga duración sin reciclar a los que no se le renueva el contrato con las consecuencias por todos sabidas y sufridas. Nosotros estamos convencidos de que estas cosas tienen mucho mas que ver con el hecho de pertenecer a un país donde la cultura es considerada un atentado a la inteligencia, donde la pillería es una forma de vida y quien no estafe es que es directamente gilipollas, donde las prácticas corruptas y abusivas de los mesoneros tienen gran raigambre y por esa puñetera costumbre de montar un pollo por todo aquello que no nos guste o nos moleste y a la vez ser incapaces de solicitar la hoja de reclamaciones o darse un garbeo por alguna oficina de defensa del consumidor.

Y ahora, si nos permiten, les dejamos un rato, que ya llega el camarero con las bravas de la casa que pedimos hace dos horas.

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