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La playa estaba desierta

agosto 9, 2007

La playa es uno de esos lugares donde los españoles suelen materializar dos de sus actividades favoritas: bañarse en agua sucia hasta decir basta y apelotonarse junto al mayor número de gente posible en la menor extensión imaginable con el objeto de practicar la desconsideración hacia el prójimo. No en vano nos encontramos en el país donde todo vale (menos, ojo, meterse con la familia real).

acogiendo.jpgLa playa es uno de esos sitios donde uno va a lo que popularmente se conoce como “desconectar”. El procedimiento es sencillo: se abandona la aglomeración urbana y los empujones de los transeúntes y se opta por el acompañamiento de la muchedumbre en bañador y las colisiones propinadas por colchonetas de variado e inusitado volumen de manera fortuita. En realidad, éste es un tipo de comportamiento muy español ya que, si se fijan, en los campings también se produce esta conducta: uno se aleja los suficientes kilómetros de su casa para realizar –en lo que podría denominarse naturaleza- las mismas actividades que en el hogar propio. Sólo que con una fachas que ni siquiera en el propio domicilio serían capaces de vestir.

Encontrar un espacio en la playa donde poder dejar la toalla, sombrilla, nevera, colchonetas, hamacas y demás parafernalia es, en cierto modo, un ejercicio muy similar al de buscar aparcamiento. Al principio se llega rozagante y henchido de esperanza para deslizarse hacia ese estado tan bien conocido por ustedes como desesperación o berrinche. No es por meter el dedo en la llaga, pero creemos conveniente recordar que, en estos casos, el mosqueo será doble puesto que para llegar a la playa antes deberán de haber encontrado aparcamiento para su utilitario. Los más descerebrados habrán tratado de librarse de esta operación tratando de llegar a la playa por medio de los ferrocarriles de cercanías, opción válida para ilustrarse acerca de la nula cultura cívica que nos caracteriza como pueblo.

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Las playas más aptas para hacer bullir la sangre (de mala leche) son aquellas denominadas como “familiares”, donde aterrizan de cualquier manera grupos humanos supuestamente emparentados. Tan pronto se toma posesión de los cuatro metros cuadrados de arena con el simbólico acto de clavar la sombrilla, los más pequeños sufren un cortocircuito y corren como posesos hacia la orilla sin reparar en pisotear todas las toallas que hayan por el camino, así como rebozar en arena a todo aquel que haya acabado de extenderse la crema bronceadora. Dado que el cerebro de los más pequeños no está del todo formado (a veces esto no acaba de suceder nunca) el trayecto orilla-campamento puede ser realizado hasta quince veces en dos minutos porque o bien se han dejado el cubo y el rastrillo, o se olvidaron de quitarse las zapatillas, o la madre los llama para cubrirlos de crema, o el rastrillo no es suficiente para abrir un socavón y necesitan para ello una pala, o bien será más interesante buscar el flotador o los manguitos o el cocodrilo hinchable que tocó en la tómbola o todo a la vez y adentrarse dos metros más allá de la orilla; o volver de la orilla y cavar un agujero en la orilla para que usted meta el pie y se produzca un esguince. Como supondrán o habrán sufrido, todo ello volviendo a pisar y repisar toallas y acabando de llenar de arena a los infelices que se encuentran a su paso. La madre irá repitiendo automáticamente eso de “¡¡Christian!! No pises las toallas de la gente” o el consabido “¡¡Jennifer!! Como vaya yo para allá te vas a enterar” 

Evidentemente, ni Christian ni Jennifer hacen caso o se enteran de algo y menos aún la madre, que no tiene ni puñetera idea de donde están sus pequeños cabestros y que sólo ve en la playa un medio para librarse de esa tortura durante unas horas. En cuanto a la figura paterna, qué decir de ésta, que va ya por el segundo botellín o ha ido a hacer un recado al chiringuito o vayan ustedes a saber qué… El caso es que la jornada playera parece más una jornada de esas de “a ver si hay suerte y se ahogan estos pequeños cabrones” pero, ojo, no se les ocurra a ustedes recriminar la conducta de Christian y Jennifer porque la Mari les dirá que ella educa a sus hijos como le sale del coño y el Manolo le amenazará con hacerle una cara nueva.

Tampoco pasa desapercibido el grupo de gañanes totalmente abisbalados que, a falta de novia, van a la playa con un balón y tienen un automatismo por el cual gritan “¡perdone!” cada vez que le dan un pelotazo a alguien, esto ocurre dos o tres veces por minuto, en especial si el receptor de los continuos pelotazos es el grupo de nenitas que fuman como descosidas y, a tenor de los comentarios, tienen una vida de intriga amorosa que ya la quisiera para sí y para sus relatos Barbara Cartland. Los recesos del intensivo de pelotazos a los demás son cubiertos con todo tipo de conversaciones oligofrénicas con el móvil a grito pelado o cualquier estúpido juego que consista en llenar de arena a los bañistas circundantes. Cuando el campamento es levantado, dejan tras de sí infinidad de colillas. Lo mismo que los gañanes del balón. “Yo pago mis impuestos, que lo recoja el ayuntamiento”, escuchamos nosotros una vez. Ello nos lleva al convencimiento de que España es uno de los pocos países del mundo donde pagar impuestos es una especie de carta blanca para convertirse en un guarro. Por eso están las playas del Senegal limpias, porque no pagan impuestos.

El hecho de ser el nuestro un país de acogida ha contribuido a la transformación del paisaje humano que puebla nuestras playas. Las formas familiares parecen mucho más extensas que las nuestras pues la configuración de estos grupos es similar a esos que se veían hace varias décadas deambulando mugrosos por los terrenos adyacentes a los cortijos del sur. Nuestros hermanos iberoamericanos sustituyen, por ejemplo, los macroflotadores por cuñados, abuelos, primos y vecinos que aguantan con gentileza la guampa llena de tereré. De momento, se les ve algo cohibidos, suponemos que por desconocimiento de la idiosincrasia de su país de acogida, pero ya se integrarán, ya, y compartirán con nosotros gritos, aullidos, empujones, y el tan español “teviadarunaostiaquetevasaenterar”.

Al otro lado del ring y como consecuencia de la ampliación de fronteras hacia oriente, también empiezan a poblar nuestras playas señoritas del este a las que mejor no acercarse por el celo de los ex-agentes de los antiguos servicios de seguridad albanokosovares. Estos, al contrario que nuestros hermanos latinoamericanos, no se cortan en vocear, arrojar las colillas a la arena sin siquiera hacer el amago de taparlas, grabar a las gachís con sus cámaras de video o directamente con el teléfono móvil, volver locos a los negros que venden gafas, gorras o cinturones a su precio real (de eso se queja D&G), el vodka no lo ocultan en el interior de una guampa o un termo y, si les tienen que dar dos hostias a ustedes a causa de un malentendido o, así por las buenas, pues se las dan y aquí paz y después gloria.

Y no piensen que nos olvidamos de nuestros hermanos comunitarios, no. Lo que ocurre es que ya forman parte del paisaje que ofrecen las barras y mesas de los más afamados (y también infames) chiringuitos de nuestras costas y empiezan a ser como invisibles. Ya no es raro ver a un ser con quemaduras en la epidermis de tercer grado fundido con el metal tomándose un tanque de cerveza a las ocho de la mañana, las doce del mediodía, las siete de la tarde o las cuatro de la madrugada. Ellos siempre están ahí, dando compañía a los barmans con contrato basura y balbuceando frases indescifrables para llamar la atención de las autóctonas.

En fin, parece ser que el estado de “naturaleza” que nos brinda la playa nos da vía libre para liberar el animal que llevamos dentro y para practicar más aún la desconsideración si cabe. Aquí, como no disponemos de una cuenta corriente saneada, pues no nos llega el presupuesto para pagarnos playas solitarias o financiar el desarrollo de armas de destrucción masiva que borren de la faz de la tierra al ser humano en la mayoría de sus variedades; por lo que, para disfrutar de la playa como es de recibo, esperaremos a los fríos meses de invierno, sí, esos en los que ustedes imitan a los pijos en las estaciones de esquí.

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2 comentarios

  1. Muy buena entrada.


  2. que oso



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