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¡¡Estamos en fiestas!!

agosto 16, 2007

Una parte importante de la población española desciende de aquella generación que en los años 60 se moría, pero literalmente, de hambre y tuvo que ir a buscarse el sustento a las capitales porque en los solares de los que era oriunda, la oportunidad de comer caliente, o no caducado, o al menos dentro de los márgenes que exige la legalidad era de una probabilidad ínfima. Los que somos hijos de aquellos inmigrantes (sí, los que hoy decimos rechazar el racismo y guiñamos el ojo a las ideas xenófobas para ocultar nuestra triste procedencia) veraneábamos de manera eufemística cada año en lo que se denominaba “el pueblo”.

“El pueblo” era parte del imaginario estival; algo como agradable de recordar y, cuando la realidad nos despertaba de una bofetada, nos dábamos cuenta de que era una puta mierda: una carretera secundaria con casas desvencijadas a ambos lados habitadas por mostrencos. Allí, además de “veranear” se comían cosas “del pueblo”, que resultaban ser las mismas que las de la ciudad pero sin ningún control no ya de calidad sino de sanidad. Estando los marranos limpios, lo demás parecía importar un cojón al resto de desdentados habitantes del “pueblo”.

Y el éxtasis, el momento cumbre del asiento vacacional, sobrevenía en el momento que comenzaban las fiestas patronales.

Las fiestas, en la mayor parte de los casos, no acontecían inicialmente en agosto pero el flujo migratorio a la ciudad dormitorio hizo que el cacique local balbucease el pregón frente a una audiencia bajo mínimos compuesta por cuatro beatonas y poco más. El hecho de que cada mes de agosto viniesen los de la capital a cometer actos de saqueo y rapiña estimuló el ingenio de la comisión de fiestas y se decidió que la virgen -a la que se siempre se había festejado en junio- iba a tener que modificar su agenda y reservarse en su lugar unos cuantos días de agosto, que era cuando venían los paletos de ciudad a ver a la parentela.

 

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Se preguntarán algunos en qué consiste eso de las fiestas patronales, pues bien, no se diferencia mucho de lo que los gañanes y los mostrencos hacen durante el resto del año, sólo que en diez días tienen absolutamente permitido ponerse hasta el culo de beber, por eso mismo: porque están en fiestas y así lo ha dicho en el pregón el tercer clasificado en Gran Hermano VII o, con cierta maraña, algún deficiente gracioso que gozó de sus dos minutos y medio de fama en un programa nocturno de Antena 3. Ya ven que el ingenio desarrollado por las gentes de este país para pasárselo bien con una excusa como cultural, o al menos con un mínimo interés antropológico, es amplio. Un testimonio de esto les decimos podría ser: “El sábado, por la mañana, tenemos que madrugar, ya que después de irse a dormir sobre las 7 de la mañana todo cocidos después de toda la noche bebiendo, a las 12 hay misa, y después la procesión del santo por el pueblo. Después de la misa, la gente va al bar del Libe, conocido como la Alpargata, a beber un poco para celebrar las fiestas, y a hacer un poco de hambre para la comida”. Este es un bello párrafo que ilustra que pasárselo en grande tomando cacharros no está en absoluto reñido con el fervor religioso; si hay que ir a misa entre arcadas, mareos e indisposiciones y después de procesión por las calles llevando un santo desconchado, pues se va y no pasa nada, que ya obtendremos nuestra recompensa en el bar del Libe, faltaría más.

Y nada, se comen unos ricos manjares de la zona regados con cualquiera de los exquisitos vinos de España en el bar del Libe o cualquier otro que se le parezca y a dormir la siesta, que después hay que ir a jugar un partido de fútbol contra las vacas. Y no teman por los bichos, que ya daremos luego buena cuenta de ellos. ¿No tienen suficiente? Pues participen en el lanzamiento de boina o el concurso de beber en porrón y váyanse luego a seguir dando por culo a las vacas.

 

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Nuestra condición de país poblado por agroseres y paletos de ciudad nos pone en íntimo contacto con las bestias (las personas no, los animales) porque, piensen –con perdón- qué sería de nuestras más populares tradiciones sin la participación de esos animales que, codo a codo, colaboran con nosotros en las más rústicas tareas. El hecho de que concurran en nuestros festejos no es más que el más sentido homenaje que el tosco hombre del medio rural puede tener para con ellos. ¿Y hay, por ejemplo, algo más bonito que aunar el mediterráneo culto al fuego con el homenaje a ese animal tan español que es el toro? Qué belleza esos pitones impregnados en brea y ardiendo en medio de la noche de levante. Si lo del fuego les da cosa, prueben a atarlo a una soga y a hacerlo correr por las calles del pueblo. Y si por alguna tenebrosa razón del subconsciente tienen ustedes grima a los toros, pueden usarlos como dianas móviles, desde un balcón alquilado a un lugareño y sin ningún tipo de peligro para su integridad física (aunque se recomienda no decir la palabra “dardo” delante de los paisanos, que tienen muy mala ostia, y sustituirla por “soplillo”, que es lo mismo, pero casero). A nosotros, en contrapartida, nos gustaría ver a algún sencillo campesino de estos como protagonista en Deliverance… si no duele, tontorrones… además que daría una nueva dimensión a los festejos.

Después de dar por saco a todo bicho de inteligencia supuestamente inferior a la nuestra, pues a casa a ducharse y a ponerse guapo para cenar y seguir bebiendo y conseguir, siempre que sea posible, un peluche para la Paqui en cualquiera de las 34 tómbolas que se establecen a lo largo del polvoriento recorrido ferial. No importa lo que se rife, desde la moto-poney (para que el pequeño cabronzuelo se vaya curtiendo en el arte de dar por culo con el tubo de escape) al campechano pan, jamón, chorizo y vino (si mira no toca) o el perrito piloto o, ya en versión high-tech, la Wii. Y es que si existe algo que nos caracterice además de esa capacidad legendaria de mezclar tubos, cubatas, orujos y más tubos, decíamos que lo que también nos distingue de los bárbaros europeos es nuestra ludopatía endémica; y no, no somos un pueblo de enfermos, no jugamos por vicio. Desde aquí pensamos que la ludopatía que identifica a los españoles es fruto de esa afición que tenemos por lograr sin esfuerzo lo que otros obtienen trabajando de sol a sol. Digamos que no somos vagos sino espabilados. Y eso lo saben los feriantes, de ahí que el índice de tómbolas sea muy superior al que se puede encontrar, por ejemplo, en Alemania. Y una vez ha sido saciada la vena ludópata, a las vaquillas nocturnas, el gallo embolao, el jamelgo desdentao o cualquier otro espectáculo de cariz cultural que pueda celebrarse con animales. Para que los mozos se desfoguen, principalmente.

Estas conductas entrañables que se suceden en el marco incomparable de las fiestas patronales nada tienen que ver con la barbarie o el patetismo y sí, y mucho, con la cosa cultural, aunque los pollinos unicejos no sepan muy bien por qué y busquen el cobijo oficial que proporciona el cacique municipal democráticamente electo.

Fíjense ustedes lo que ha llovido desde que Millán Astray berreara aquello “¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!” que nos quedamos todos con tan mal cuerpo que desde entonces tratamos desesperados de aunar cultura y muerte para, así, maquillar un pasado que algunos ignorantes consideran vergonzoso. Por eso, cuando alguien se queja de que en las fiestas patronales se practican salvajadas con animales hay que defender -con virulencia si es preciso- que no, que se trata de actos que son culturales por la sencilla razón de que somos incapaces de recordar desde cuando se ejercen (no hagan caso de lo que se comenta del alcohol y las neuronas). Y por esa misma razón, por el carácter cultural que proporciona –al menos por estos lares- todo aquello que se practica desde hace muchísimos años, pensamos que en algún lugar de Francia deben de pasárselo pipa guillotinando a la gente para las fiestas de Saint Antoine…

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2 comentarios

  1. Jajajaja muy bueno… te metes mucho con los ejpañoles eh? por fin te he vuelto a encontrar me había olvidado de ponerte en los favoritos me costó buscarte. Gracias por la respuesta en el otro comentario 🙂 de acuerdo sobre la espontaneidad. (soy myss)
    A mi la petite claudine me menea una sin mover la otra como dice mi tío cuando quiere ser grosero. He desarollado una alergía a la gente super progre-culta-politicamente correcta y esteticamente irreprochable, que vive en un mundillo ombliguista que balancea entre la última exposición de tal schmilblock (ya sabes, el padre de la deconstrucción conceptual policromática) y la conferencia de Gurigura sobre el microcredito en micronesia o como resolver los problemas del mundo sin moverte de tu salón de diseño. No tengo nada en contra, pero ej que no lo aguanto mucho. Prefiero las historias de toros. Pero si me puedo permitir trabajas un poco demasiado tu estilo para que quede tan espontáneo como mejor le sentaría 🙂
    Qué presuntuosa estoy hecha, ya dando avisos y todo. No me lo tomarás a mal eh?
    Ultima precisión los franceses no guillotinamos a nadie más desde hace tiempo. Pasó de moda.
    No somos muy festeros, pero cuando lo somos, aunque nuestra cultura sea indiscutiblemente superior a la vuestra (como nuestros vinos :p), la intención de la masa balante es la misma que aqui: ponerse hasta el culo. Y pegarse si tiene el alcohol malo. Cogito ergo sum, dijimos? un saludin


  2. Hola Myss, en realidad, me meto con ciertos ejpañoles, sobre todo aquellos cuyo complejo de inferioridad los convierte en infraseres a pesar de las intentonas de no parecerlo… y de esos hay ejemplos a mansalva. Creo que esta crítica empieza a ser la constante en mis posts. Podría haber sido otra pero resultó ser esta.
    La tontería se quita viajando, y el español que viaja o bien hace turismo pijo de la miseria o bien por turismo oenegero revolucionario para volver cagando leches cuando las cosas van mal.
    ¿Los franceses? Pues vivo en un lugar costero y turístico y, a primera vista, los prefiero a los alemanes o a los ingleses (y conste que soy germanófilo)
    Me alegro de volver a saber de ti. Un saludo Myss!!



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