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Vidas Trash 04: Tamara

octubre 17, 2007

Cómo nos gusta la charanga y la pandereta, el cachondeo y el vino del Lidl, no aprobar la secundaria, descalificar, ofender y reírnos de los demás… y sacarnos los mocos viendo la tele ¡coño! Los veteranos recordarán que hace algunos años, en un programa conducido por el hoy ídolo de cadenas locales de televisión, Alfonso Arús, se enviaba a su cuñado, un tal Cárdenas (éste fijo que les sonará) a recorrer parajes de la España indómita, iletrada y desconocida en busca de sujetos que ustedes no tendrían ningún reparo en etiquetarlos como gente de capacidad intelectual inferior.

Ignoramos si estas actividades (buscar infraseres para descojonarse a su costa y, de paso, demostrar que la ausencia de dignidad existe, está arraigada y nadie debe de avergonzarse por ello) acontecen en lo que entendemos como la Europa blanca pero aquí en la cetrina Hispania, como ya adivinarán, se trata de algo pero que muy común, natural diríamos nosotros. ¿Y por qué nos gustará tanto reírnos de los otros? Pues imaginamos que esto tiene como objetivo no morirnos de ascopena al observarnos a nosotros mismos. Siempre será más reconfortante la contemplación de la miseria ajena que el padecimiento de la propia; y si a todo esto le añadimos el sempiterno sentimiento de inferioridad que nos define, pues obtenemos la fórmula mágica de este cóctel.

un-poco-de-cosa-si-que-da.jpgEspaña necesita monstruos de feria, y estos seres aberrantes están sedientos de los quince minutos de gloria que aventuró Warhol, aceptan con facilidad el soborno y no tienen reparo alguno en acudir a un plató de televisión con el objeto de que la gente se muera de risa ante la visión de su grotesca figura o al escuchar declaraciones que van más allá de la oligofrenia o de cualquier forma de comprensión humana. Pero el fenómeno de barraca está un paso por delante de los buscadores de carnaza que los invitan a sus programas por la sencilla razón de que estas rudimentarias personas sí que creen en sí mismas. Lo triste del caso es que todo el mundo que forma parte del guirigay televisivo utiliza al fenómeno para provocar la subida descontrolada de los índices de audiencia y el consiguiente autobombo.

Nuestra protagonista sintió desde muy jovencita la llamada de las candilejas y las mirror-balls y se embarcaba en giras por discotecones y tenebrosos pubs del cinturón industrial de Santurce. A mitad de los 90 registró su primer disco y se lanzó a triunfar más allá del no future vascongado.

El otrora máximo exponente de la telebasura, mal gusto y escaparate de cualquier tipo de comportamiento típico español, Crónicas Marcianas, fue el trampolín del que María del Mar (a.k.a. Tamara) se valió para dar su salto sin fin a la gloria warholiana de la mano de un subser que respondía al nombre de Paco Porras (descubierto, cómo no, por el inefable Arús) y que decía ser mentalista. Sea como fuere, ambos llegaron juntitos al nirvana de la inmundicia que era el programa televisivo y lo hicieron de esa manera que sólo los españoles decentes y de pro saben hacer: generando un culebrón de insultos, necedades, peleas y acusaciones sin ningún tipo de base.

Los seres que conforman este país no tuvieron ningún reparo –ni criterio- en secundar este culebrón (los seres de este país hacen lo que se les diga) y catapultarlo por medio del mando a distancia a una de las cotas más altas que la mugre televisiva haya alcanzado en este país (con permiso del show de las niñas de Alcásser). Sardá, que de tonto no tiene un pelo y sabe que al vulgo hay que darle pan, circo y boogie boogie, otorga el status de revelación a la ¿cantante? y, de repente, todo el mundo se sube al carro, sobretodo locazas en sus horas más bajas y demás comparsas del gayerpower más bizarro, parásito y falto de ideas. La degeneración es tal, que hasta la bajita deidad de la modernidad cañí se desvive en halagos hacia la rosa púrpura del Sepu y, de repente, la caspa se vuelve –incluso- innovadora y distintiva del savoir faire de quien la profesa o practica.

¿Es famosa por su arte? En cierto modo sí. Pocos artistas sabrían ir tan a destiempo en un playback como ella o moverse como si le hubiesen practicado una perforación rectal y ser capaz de no mover un solo músculo de la cara (esto debe de ser fruto de las clases de baile moderno); pero donde Tamara pisa fuerte es en ese comportamiento tan español que es destacar por cualquier cosa excepto por lo que se debería de sobresalir. Por ello, no resulta extraño verla acompañada de videntes que descubren el futuro mediante el análisis de tubérculos, de cantamañanas que ensalzan por medio de la copla las hazañas de los clubes de fútbol de primera división (y que además son capaces de ponerle letra al himno de España ¡con dos cojones!) y, como no, practicando también esa costumbre tan bizarra como española que es hacerse acompañar de una madre capaz de eclipsar a la hija; esto ya le ocurrió a Ortega Cano, a Rociíto, a Terelu y a muchos de los que componen esa pléyade de profesionales que tantas cosas tienen en común.

La mamá de Tamara es de ese tipo de viejas muy viejunas que andan a gran velocidad a pesar de ser patituertas, se te cuelan en la panadería y te dan de ostias a la mínima insinuación; pertenece a ese gran grupo social español para el que la palabra cultura es motivo de ofensa y hacen de la mala educación una cuestión de honor cuartelero-verdulero. De repente, media España se empezó a descojonar con esta señora sin caer en la cuenta de que su madre (la de media España) es igual de viejuna, amargada y grosera.

 

el-asco-es-asi.jpg

Pero a lo que íbamos: de la noche a la mañana, y casi sin pretenderlo, las apariciones de Tamara y su dantesca corte comienzan a hacer temblar los cimientos de la narcomafia andaluza que fiscaliza el ministerio rosa; nuestra protagonista no tiene ningún reparo en enemistarse en directo con folklóricas borrachas (o algo peor), jineteras de Albacete y papichulos de Colmenar Viejo ante el estupor y/o beneplácito de los espectadores, alegando eso de que “el éxito no se me perdona”. Pues no, señorita, usted está aquí para hacer de sparring. Su disco se convirtió en un superventas (tengan ustedes en cuenta que vivimos en un país al que no le gusta la música sino el acaparamiento masivo vía eMule y el cachondeo en todas y cada una de sus variantes). A los españoles les encanta que los demás tengan éxito porque tienen fe ciega en aquello de que cuanto más alto se ascienda, más dura será la caída… y mientras tanto, ella convencida de que lo suyo es triunfo y lo de los demás es envidia.

La profesionalidad es la norma habitual en sus actuaciones; se basta sola, no necesita banda, sólo un barbachivo que manipula un reproductor de cd’s y que no está capacitado para reproducir las canciones en el orden correcto que la artista pretende. Esta contingencia puede ocurrir hasta tres veces en el espacio de media hora. “Son cosas del directo”, se justifica Tamara. Al séptimo tema ya llueve alguna piedra y alguien del público lanza huevos. Envidia del triunfo.

En el año 2003, Tele5 produce una explotación de Gran Hermano e introduce en un pseudo hotel a titanes de la ignorancia, la anormalidad o lo directamente caradura, como ustedes deseen llamarlo. Ni que decir tiene que el programa en un exitazo de audiencia y que Tamara es una de las participantes de lujo. Naturalmente, formar parte de este circo no es algo gratuito, a nivel psicológico nos referimos, y nuestra heroína trash cada vez está más desgastada a causa de la continua lucha en la arena televisiva: dos presuntos intentos de suicidio así lo atestiguan. Son las consecuencias de creerte el personaje que has creado para llevarte el gato al agua y, también, el resultado de tener fecha de caducidad como producto de consumo televisivo.

El suicidio, en este caso, no es una estrategia para poner punto y final a una vida de desdichas, no se piensen ustedes; de lo que se trata es de reanimar una estrella que se apaga, de restablecer la atención de los medios, de volver a la vida, es decir, a la pantalla de la tele. Para ello no dudará en adoptar todas las formas que le queden a mano como la de víctima de un montaje, superestrella carrefouriana, cantante “seria” o visitante con pase VIP de los juzgados…

Una de las actividades más recurrentes de aquellos que gozaron de sus minutos de gloria es montar un bar de copas y ella no iba a ser menos, en Glam Street (que según las malas lenguas no tiene nada de Glam y sí mucho de Street) ella se pasea como en su casa, reparte flyers con faltas de ortografía y conversa con los clientes e incluso se deja fotografiar en compañía de los parroquianos, como los de la selección española de fútbol. ¿Una retirada a tiempo es una victoria? No estamos muy seguros, pero lo que es cierto es que la ingerencia en el mundo de las copas nocturnas supone una evolución en la carrera de esta gran artista que, por el momento, se reafirma en la intención de aparcar su faceta de show woman y concentrarse en el mundo de los chupitos de licor manzana, los cubatas de J&B, las visitas a los lavabos y todas esas cosas que la noche trae consigo. Desconocemos si de la selección musical y de la mesa de mezclas se encarga su madre.

post-bowie.jpgYa ven ustedes que la señorita Tamara no es nada del otro mundo, simplemente es una pobre desgraciada que, como otros tantos subseres, es incapaz de reconocer su propia insuficiencia y está dispuesta a vivir a tope el personaje que ella misma ha creado, y no por gusto, sino porque no le queda otro remedio. Fue, es y será víctima de desaprensivos que no dudan en alabarla sin otro objeto que publicitarse a sí mismos. No olviden que vivimos en un país en el que se disfruta tirando a cabras desde lo alto de un campanario. Si esto nos divierte… ¿por qué no hacer leña del árbol (o el cabrito) caído?

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