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Yo salgo el último…

octubre 29, 2007

En los últimos tiempos detectamos, no sin cierta preocupación, un aumento de las noticias y artículos acerca de la escasa conciliación que existe en estos andurriales entre la vida laboral y la esfera privada. Bueno, a algunos y a algunas ya les va bien estar lo menos posible en sus casas. Como era de esperar, se hace hincapié en lo larga que es la jornada laboral en este país y lo poco que producimos. ¡Señores! Que nosotros vamos a trabajar, ¿quién habló de producir? Y si no practicamos la esfera privada en casa… pues será porque la realizamos en el trabajo.

A estas alturas, ya habrán adivinado ustedes que eso de “ir a trabajar” es un eufemismo para decir que nos pasamos todo el santo día fuera de casa. Pero, a ojos de muchos extranjeros, si usted no es capaz de realizar su faena en ocho horas, entonces es que usted tiene un problema. El problema se llama incompetencia, por si alguno de ustedes no lo había pillado, y es que los españoles somos unos campeones en la especialidad de merodear por la oficina haciendo ver que nos traemos algo entre manos y tenemos serios problemas para distinguir “trabajar” y “estar en el trabajo”.

 

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A nosotros no nos ocurre lo que la tradición protestante proclama (aquello de que el trabajo dignifica), más bien podría decirse que sufrimos el efecto contrario, que el trabajo nos embrutece, degrada y envilece; el trabajo es una maldición bíblica y, aún así, parece que le tenemos apego a pasar casi todo el día en la oficina, y es que está claro que vagar todo el día por los pasillos es considerado por muchos de ustedes como un signo de fidelidad e identificación con la empresa; y muchos alegarán que si no salen del trabajo después de sus jefes serán, con toda probabilidad, objeto de represalia. Lo de siempre: más miedo que vergüenza. La idea de productividad que tiene un jefecillo español es mantener en la oficina a su equipo hasta las nueve de la noche.

Una de las mayores contribuciones españolas a la improductividad laboral (además de los puentes colosales, capaces de empalmar hasta ocho días seguidos de fiesta, y la celebración de cualquier festivo, por estúpido que sea (por ejemplo: independentistas no trabajando el 12 de octubre)) es su ya célebre jornada partida que tantos beneficios proporciona a bares y restaurantes y que reincorpora medio dormidos y algo bebidos a los trabajadores al narcótico ultimo tramo de la jornada laboral, ese que va de cinco a ocho. Muchos de ustedes pensarán que ya estamos otra vez con todo ese rollo de parecernos a los europeos, con lo bien que se está siendo españoles, con su cañita y esa fritanga buena de aperitivo, sus lentejas con morcilla y panceta y su ensalada bien aliñada y con vino y gaseosa para beber, su tarta de Santiago seguida de su cafetito y la correspondiente copa de Soberano. La consecuencia natural de estas acciones es el ensalzamiento de la siesta como una cosa buena para reposar tanta dieta mediterránea. Estas son las cosas españolas que tanto gustan a los españoles y que nos diferencian de esos seres blancuzcos allende los Pirineos.

El tema se complica más debido a ese recorte de libertades que es la prohibición de fumar en el puesto de trabajo: hay que irse a la calle a fumar. ¡Qué putada! Todo aquel que haya visto a estos seres fumadores en la puerta de sus oficinas perpetrando -encogidos de frío- el ejercicio de su libertad habrá caído en la cuenta de que, en la calle, un cigarrillo tarda más de lo normal en consumirse, debe de ser que la combustión se realiza de manera diferente dependiendo de si es bajo techo o si acontece en el exterior. Los fumadores, por su condición de drogodependientes, deben de ser tratados con relativa compasión y no se les debe recriminar en modo alguno los largos tiempos que tardan sus pitillos en consumirse porque ellos, en cierta manera, son seres enfermos. Intente usted, intolerante ex fumador, bajar a la calle cada media hora para estarse en la puerta otros treinta minutos, que ya verá lo poco que tarda su superior en canearle. Y es que una cosa es satisfacer las necesidades físicas, como el llenado de humo de alvéolos y bronquios, y otra cosa es haraganear por el mero placer de hacerlo.

 

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¿Y los cafetitos? Una estatua deberían erigir en honor del tipo que inventó la máquina de café, con lo bien que nos lo pasamos frente a ella y la de cosas de las que uno se entera mientras toma un estimulante café. ¿No se lo creen? Pues vean el Camera Café. Y luego a fumar.

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3 comentarios

  1. eres u menso por que te fotofrafiaste asi


    • porque me quería parecer a tu madre


  2. es cierto mi madre es una cerda



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