Archive for the ‘Delincuentes’ Category

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¿Y a usted quien le ha llamado?

diciembre 3, 2007

Hay inventos que hacen que nuestra vida sea más cómoda. Uno de ellos es el teléfono móvil. Con él, ya no se llama a un sitio sino que se llama a una persona.

Lo que no sospechábamos hace un tiempo era que la telefonía móvil se iba a convertir en una herramienta utilizada por diversas compañías para intentar colarnos sus productos. Es, sencillamente, adaptar el modo web o el modo televisivo a la idiosincrasia del móvil. Cada llamada ofreciéndonos una maravillosa promoción si nos pasamos a la compañía rival es como el spam, o uno de esos molestos pop-ups que se detonan al abrirse ciertas páginas web; o pueden recordar también a las molestas pantallitas que minimizan la imagen del programa de televisión que estemos viendo… (De aquí a poco, al comprar un televisor, deberá de ser la pantalla descomunal para contrarrestar el efecto de esas molestas ventanitas).

¿Suelen ustedes acaso responder a una llamada a un móvil que no es el de ustedes? En la mayoría de los casos no, y eso es porque el móvil contiene un elemento de privacidad, como de dotación individual. Cuando llaman a un móvil le están llamando a usted, no a otra persona, y además ocultan el origen de la llamada, con lo que en ocasiones la curiosidad da paso a una señora ubicada en algún infecto locutorio de cualquier país de esos del otro lado del océano que intenta que usted de el salto a una compañía telefónica de la competencia. A ver si queda claro, señora mía: el día que nosotros decidamos migrar de compañía, no se lo vamos a decir a usted sino que nos dirigiremos directamente a la página web de la compañía en cuestión o a su teléfono de información… (tener trabajos que consisten en dar por saco a la gente implican este tipo de reacciones airadas, recuerden que los que están al otro lado de la línea están también trabajando y no aguardando a que les hagan perder el tiempo y batería del móvil; sin embargo, juramos no ser maleducados con una cajera del Día o un empleado de una gasolinera)

 

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Nos resulta molesto el marketing por SMS al que nos somete nuestra compañía habitual, pero acabamos por tomarlo como mal menor e incluso como una cláusula no escrita de nuestro contrato; pero en los últimos tiempos se observa cierta obligatoriedad de la inclusión de un número de teléfono en cualquier tipo de transacción que realicemos en la web como, por ejemplo, comprar un billete de avión o reservar una habitación de hotel… De no introducir estos datos obligatorios, la operación no continúa con el siguiente paso y usted se queda sin billete de avión y ellos sin número de teléfono que vender al mejor postor; por ello, en ocasiones somos tan cabrones que nos inventamos los números. Luego ya habrá tiempo de echar la culpa al parkinson, a los nervios o a la dislexia… Y no se sientan culpables por dejar con la palabra en la boca a la sufrida telefonista, que esto es como con los chinos que venden cd’s, si no piensan comprar, no se paren a mirar y no hagan perder el tiempo al chino.

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Basura catódica

noviembre 26, 2007

Ahora resulta que el gobierno quiere llamar al orden a las televisiones porque, parece ser que su programación basura tiene parte de culpa en la formación del espíritu nacional del macho ibérico hispano.

telebasura.jpgLa telebasura es tal por los asuntos que aborda, por la gentuza que exhibe y el enfoque absolutamente distorsionado en lo que a informar se refiere. Los promotores de toda esta mierda tienen muy claro qué es lo que tienen que hacer para congregar masas de espectadores unineuronales frente a la pantalla de la tele: sexo, violencia, sensiblería, el consabido “podría haberle ocurrido a usted”, humor grueso hasta decir basta…

Fíjense que el ensañamiento siempre es negado, se trata más bien, según los productores, de preocupación y denuncia; eso sí, utilizando siempre las explicaciones más simplistas que se tengan a mano y el uso y abuso de eso tan moderno que es la teoría conspirativa. Bajo el manto de la cábala conspiratoria, la telebasura obtiene carta blanca para intoxicar como bien le venga en gana.

Por otra parte, la indiferencia de la telebasura frente al derecho del honor, la intimidad, la presunción de inocencia, desemboca en la realización del “juicio paralelo”, en la presentación de trascendentales testimonios aparentemente auténticos y, por supuestos, amparados en la libertad de expresión (eufemismo que se invoca cuando se pretende abrir la boca por abrirla)…

¿Por qué la programación infantil es casi inexistente? ¿Será que a los niños les mola más una playstation que Espinete?

 

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Que el gobierno llame al orden a las cadenas de televisión es, cuando menos, demagogia. Es como esa madre que, aburrida, espeta cada minuto y medio el consabido: “Jennifer! Deja de molestar que como vaya yo pallá te vasaenterar!!!!!” En fin, que es gesto loable pero que no tendrá trascendencia alguna porque, piensen (con perdón) que si el gobierno dice que va a leer la cartilla a los productores de telebasura, lo primero que debería haber hecho es predicar con el ejemplo y suprimir esa bazofia llamada “España directo” que, entre otras lindezas, pagamos entre todos porque es producto de eso que llaman “el ente público”.

Si un niño, de entre cuatro y 12 años, ve una media de 140 minutos de televisión a diario seguramente la culpa la tendrá ese progenitor moderno que se lo permite. Así que si los tramoyistas de la moral y los miopes espirituales creen que la televisión es culpable de que sus hijos anden por ahí hechos unos cabestros, escupiendo en el suelo, levantando las faldas de las niñas y abofeteando a los empollones o a los de otra etnia (empollones o no) y todo esa serie de comportamientos que en un futuro adquirirán el rango de españoles, quizá deberían recapacitar un poco y pensar que la culpa es de ellos, en su faceta de padres descalabrados, y no del “Diario de Patricia”. La culpa es de ellos por legar a la caja necia el papel de niñera y no acatar su responsabilidad y dedicarse a educar ellos mismos a los déspotas cabezones que un aciago día decidieron traer a este mundo. Y si no pueden ocuparse de ellos, pues no los tengan, que parecen tontos.

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Fieles escuderos

noviembre 21, 2007

Uno de los elementos más representativos de la oficina moderna (o decimonónica, según se mire) es aquel individuo que nadie sabe muy bien por qué está donde está, quién lo ha puesto en esa mesa, adonde va todo el día pasillo arriba y pasillo abajo y, tal vez lo más grave, cual es su cometido dentro de la organización.

Ustedes lo verán a menudo trotando alegremente y algo jadeante por entre las mesas y de departamento en departamento con una carpeta debajo del sobaco, o bien habrán reparado en que la montaña de papeles instalada sobre su mesa desde los tiempos del télex nunca mengua o aumenta sino que tan sólo cambia de posición. Ora junto al teclado, ora al lado del teléfono… El caso es que este señor o señora ha resistido a todos los jefes y tengan ustedes claro que sobrevivirá a los que vendrán después porque su capacidad para aparentar llevar el peso de la oficina, e incluso de la organización, es cuando menos, inaudita… Convendrán ustedes con nosotros lo injusto que sería cargar con más faena a estos señores.

sisenor.jpgEl hecho de que los más recelosos perciban cierta permisividad por parte de los jefes hacia estos sujetos puede arrastrarles a la descaminada sospecha de que los que mandan en la oficina son tontos o tienen serias deficiencias de observación y percepción del mundo que les rodea. Pues no se equivoquen ustedes, que los jefes no son tontos (si lo fuesen, tendrían el mismo rango profesional que ustedes y, como pueden comprobar, no lo tienen); lo que ocurre es que a los jefes ya les va bien que exista este tipo de gente retozando y enredando por los pasillos de la oficina porque son conscientes de que, en los tiempos que corren, el vasallaje está muy mal visto y solicitar al primero que se cruce por delante que traiga un café, suba las persianas del despacho, configure la agenda de contactos en el teléfono móvil o le lleve el Audi al taller a que le hagan la revisión… es algo que, cuando menos, alude al feudalismo. Estas cosas son muy feas ya que delatan comportamientos españoles y una nula adecuación al devenir de las tendencias actuales y recuerdan a los tiempos aquellos en los que las oficinas funcionaban de la misma manera que el cortijo de un señorito andaluz o, por poner otro ejemplo, aquellas que salían en las pelis de José Luís López Vázquez con todos sus empleados con los cuernos clavados en un papel sobre la mesa y temerosos de los caprichos del señor jefe.

 

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Por este motivo, los sujetos sumisos y complacientes en exceso resultan de gran utilidad al jefe en el desempeño de cualquiera de los pequeños caprichos que puedan surgir en el transcurso de la estresante jornada laboral. A ellos no se les caen los anillos por traer un cortadito al jefe, ni mucho menos, o llevar el coche al taller, para nada, si les pilla de camino… Deberían ustedes ser más positivos y dejar de criticar sin fundamento porque estos seres, los que ustedes denominan pelotas, les libran a ustedes del humillante ejercicio de inclinar la cabeza ante el jefe y mascullar un “Sí, señor” a pesar del profundo asco que le tienen a todo aquello que suene a esclavitud y reverencia.

Ellos –los rastrerillos- serán fieles escuderos del mandamás de la oficina porque, sencillamente, han nacido para ello. Para ilustrar esto podríamos hacer valer el ejemplo del frailecito, un simpático pajarillo que se dedica a picotear los restos de comida putrefacta de entre los dientes de los cocodrilos sin ningún riesgo para su integridad… ¿Lo cogen? ¡Intenten ustedes hurgar entre los dientes de un cocodrilo! Este tipo de relaciones: frailecitos con cocodrilos y rastreros con jefes de departamento son lo que podría llamarse relaciones simbióticas.

Piensen por un momento que todos somos esbirros del sistema, correveidiles del capital e, incluso, nos mostramos apocados cuando tememos que nos va a caer un chorreo… Luego llegamos a casa o nos vamos a por nuestras nueve rondas de tubos de cerveza con los colegas y amenizamos la tarde/noche narrando batallas de oficina en las que siempre resulta que somos más listos que el jefe (sin embargo él está ahí y ustedes no) y, además, tenemos las pelotas lo suficientemente dilatadas como para poner a esos mostrencos en su sitio, no una sino varias veces al día, las que hagan falta y sean precisas.

 

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Al día siguiente, vuelta a la misma triste realidad, y además con resaca y sin Alka-Setzer.

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Yo salgo el último…

octubre 29, 2007

En los últimos tiempos detectamos, no sin cierta preocupación, un aumento de las noticias y artículos acerca de la escasa conciliación que existe en estos andurriales entre la vida laboral y la esfera privada. Bueno, a algunos y a algunas ya les va bien estar lo menos posible en sus casas. Como era de esperar, se hace hincapié en lo larga que es la jornada laboral en este país y lo poco que producimos. ¡Señores! Que nosotros vamos a trabajar, ¿quién habló de producir? Y si no practicamos la esfera privada en casa… pues será porque la realizamos en el trabajo.

A estas alturas, ya habrán adivinado ustedes que eso de “ir a trabajar” es un eufemismo para decir que nos pasamos todo el santo día fuera de casa. Pero, a ojos de muchos extranjeros, si usted no es capaz de realizar su faena en ocho horas, entonces es que usted tiene un problema. El problema se llama incompetencia, por si alguno de ustedes no lo había pillado, y es que los españoles somos unos campeones en la especialidad de merodear por la oficina haciendo ver que nos traemos algo entre manos y tenemos serios problemas para distinguir “trabajar” y “estar en el trabajo”.

 

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A nosotros no nos ocurre lo que la tradición protestante proclama (aquello de que el trabajo dignifica), más bien podría decirse que sufrimos el efecto contrario, que el trabajo nos embrutece, degrada y envilece; el trabajo es una maldición bíblica y, aún así, parece que le tenemos apego a pasar casi todo el día en la oficina, y es que está claro que vagar todo el día por los pasillos es considerado por muchos de ustedes como un signo de fidelidad e identificación con la empresa; y muchos alegarán que si no salen del trabajo después de sus jefes serán, con toda probabilidad, objeto de represalia. Lo de siempre: más miedo que vergüenza. La idea de productividad que tiene un jefecillo español es mantener en la oficina a su equipo hasta las nueve de la noche.

Una de las mayores contribuciones españolas a la improductividad laboral (además de los puentes colosales, capaces de empalmar hasta ocho días seguidos de fiesta, y la celebración de cualquier festivo, por estúpido que sea (por ejemplo: independentistas no trabajando el 12 de octubre)) es su ya célebre jornada partida que tantos beneficios proporciona a bares y restaurantes y que reincorpora medio dormidos y algo bebidos a los trabajadores al narcótico ultimo tramo de la jornada laboral, ese que va de cinco a ocho. Muchos de ustedes pensarán que ya estamos otra vez con todo ese rollo de parecernos a los europeos, con lo bien que se está siendo españoles, con su cañita y esa fritanga buena de aperitivo, sus lentejas con morcilla y panceta y su ensalada bien aliñada y con vino y gaseosa para beber, su tarta de Santiago seguida de su cafetito y la correspondiente copa de Soberano. La consecuencia natural de estas acciones es el ensalzamiento de la siesta como una cosa buena para reposar tanta dieta mediterránea. Estas son las cosas españolas que tanto gustan a los españoles y que nos diferencian de esos seres blancuzcos allende los Pirineos.

El tema se complica más debido a ese recorte de libertades que es la prohibición de fumar en el puesto de trabajo: hay que irse a la calle a fumar. ¡Qué putada! Todo aquel que haya visto a estos seres fumadores en la puerta de sus oficinas perpetrando -encogidos de frío- el ejercicio de su libertad habrá caído en la cuenta de que, en la calle, un cigarrillo tarda más de lo normal en consumirse, debe de ser que la combustión se realiza de manera diferente dependiendo de si es bajo techo o si acontece en el exterior. Los fumadores, por su condición de drogodependientes, deben de ser tratados con relativa compasión y no se les debe recriminar en modo alguno los largos tiempos que tardan sus pitillos en consumirse porque ellos, en cierta manera, son seres enfermos. Intente usted, intolerante ex fumador, bajar a la calle cada media hora para estarse en la puerta otros treinta minutos, que ya verá lo poco que tarda su superior en canearle. Y es que una cosa es satisfacer las necesidades físicas, como el llenado de humo de alvéolos y bronquios, y otra cosa es haraganear por el mero placer de hacerlo.

 

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¿Y los cafetitos? Una estatua deberían erigir en honor del tipo que inventó la máquina de café, con lo bien que nos lo pasamos frente a ella y la de cosas de las que uno se entera mientras toma un estimulante café. ¿No se lo creen? Pues vean el Camera Café. Y luego a fumar.

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Vidas Trash 04: Tamara

octubre 17, 2007

Cómo nos gusta la charanga y la pandereta, el cachondeo y el vino del Lidl, no aprobar la secundaria, descalificar, ofender y reírnos de los demás… y sacarnos los mocos viendo la tele ¡coño! Los veteranos recordarán que hace algunos años, en un programa conducido por el hoy ídolo de cadenas locales de televisión, Alfonso Arús, se enviaba a su cuñado, un tal Cárdenas (éste fijo que les sonará) a recorrer parajes de la España indómita, iletrada y desconocida en busca de sujetos que ustedes no tendrían ningún reparo en etiquetarlos como gente de capacidad intelectual inferior.

Ignoramos si estas actividades (buscar infraseres para descojonarse a su costa y, de paso, demostrar que la ausencia de dignidad existe, está arraigada y nadie debe de avergonzarse por ello) acontecen en lo que entendemos como la Europa blanca pero aquí en la cetrina Hispania, como ya adivinarán, se trata de algo pero que muy común, natural diríamos nosotros. ¿Y por qué nos gustará tanto reírnos de los otros? Pues imaginamos que esto tiene como objetivo no morirnos de ascopena al observarnos a nosotros mismos. Siempre será más reconfortante la contemplación de la miseria ajena que el padecimiento de la propia; y si a todo esto le añadimos el sempiterno sentimiento de inferioridad que nos define, pues obtenemos la fórmula mágica de este cóctel.

un-poco-de-cosa-si-que-da.jpgEspaña necesita monstruos de feria, y estos seres aberrantes están sedientos de los quince minutos de gloria que aventuró Warhol, aceptan con facilidad el soborno y no tienen reparo alguno en acudir a un plató de televisión con el objeto de que la gente se muera de risa ante la visión de su grotesca figura o al escuchar declaraciones que van más allá de la oligofrenia o de cualquier forma de comprensión humana. Pero el fenómeno de barraca está un paso por delante de los buscadores de carnaza que los invitan a sus programas por la sencilla razón de que estas rudimentarias personas sí que creen en sí mismas. Lo triste del caso es que todo el mundo que forma parte del guirigay televisivo utiliza al fenómeno para provocar la subida descontrolada de los índices de audiencia y el consiguiente autobombo.

Nuestra protagonista sintió desde muy jovencita la llamada de las candilejas y las mirror-balls y se embarcaba en giras por discotecones y tenebrosos pubs del cinturón industrial de Santurce. A mitad de los 90 registró su primer disco y se lanzó a triunfar más allá del no future vascongado.

El otrora máximo exponente de la telebasura, mal gusto y escaparate de cualquier tipo de comportamiento típico español, Crónicas Marcianas, fue el trampolín del que María del Mar (a.k.a. Tamara) se valió para dar su salto sin fin a la gloria warholiana de la mano de un subser que respondía al nombre de Paco Porras (descubierto, cómo no, por el inefable Arús) y que decía ser mentalista. Sea como fuere, ambos llegaron juntitos al nirvana de la inmundicia que era el programa televisivo y lo hicieron de esa manera que sólo los españoles decentes y de pro saben hacer: generando un culebrón de insultos, necedades, peleas y acusaciones sin ningún tipo de base. Read the rest of this entry ?

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Héroes de la España negra 01: Carmen Polo de Franco

septiembre 25, 2007

En algunos posts hemos glosado y tratado de argumentar esos modos y comportamientos que delatan lo que podría definirse como “lo español”. El embrutecimiento, la bronca constante, evitar dar palo al agua, el quiero y no puedo, el alcoholismo en sus más diversas multiplicidades… deben de tener un denominador común, algo que bien podría concretarse como lo cañí, la esencia de la piel de toro, lo español en definitiva.

Uno de los rasgos más característicos de los habitantes de este país es la resignación al destino entendida como refugio de la holganza, el amparo en lo inevitable para gozar casi siempre de una excusa para no hacer las cosas, para no verse en la tesitura de tener que tomar una decisión en un sentido u en otro. Fíjense ustedes la poca tendencia a mojarnos que tenemos que cuando se nos pregunta por nuestras preferencias políticas tenemos el santo morro de responder que o somos de Ánsar o de ZP o, para evitar definirnos, somos juancarlistas en lugar de monárquicos o franquistas en lugar de recios patriotas españoles. Vamos, que guardamos culto a la personalidad con tal de que nos dejen en paz y evitarnos cualquier tipo de reflexión que no sea del tipo “huevo frito o tortilla”; eso es lo que nos destaca como pueblo siempre predispuesto al caudillaje, a la dictadura en cualquiera de sus modalidades y a ceder su soberanía al primero que pase por palacio.

Como señalábamos antes, el amparo en lo inevitable bien podría materializarse en aquello tan críptico que era la unidad de destino en lo universal, que aunque nadie lo acabó de entender muy bien, ayudó a que el carnicerito del Ferrol se mantuviera plácidamente en su poltrona y la palmara en la cama habiéndolo dejado todo atado y bien atado, porque, claro, levantarse contra el caudillo podría ser fácil, pero de ahí a insubordinarse a los dictados del destino, sobre todo si es en lo universal, pues como que la cosa cambia.

Será en esta nueva sección donde rescataremos aquellos personajes que plantaron las semillas para convertir a este país y a sus gentes en lo que son ahora: modernos pero sin estridencias, ajenos a cualquier tipo de extremismo político y opuestos a la sinrazón terrorista, solidarios vía SMS y respetuosos con las ideas opuestas. En estas fechas próximas al 12 de octubre, día de la raza y exaltación de los valores que nos definen como españoles, y como aquí sabemos de la fragilidad de la memoria, nos complacería evocar la figura de una mujer española que no es aquella que cuando besa, besa de verdad, sino aquella que es paradigma de la virtud, la austeridad y el ascetismo, la abnegación y entrega sin reservas a la patria. Nos gustaría hablarles de Su Excelencia Doña Carmen Polo de Franco, la mujer que fue primera dama de España durante casi medio siglo, la única que podía decirle a Franco que se callase sin temor a ser conducida al garrote vil o, sencillamente, ser llevada “de paseo”.

Poco sabemos de su infancia, tan sólo que creció en el seno de una decente familia ovetense perteneciente a aquello que antiguamente se denominaba “la sociedad” y se dedicaban, mayormente, a cosas que hacen los ricos como expropiar terrenos, comprar inmuebles a precios cuatro veces inferiores al real, joderle la vida a los que se ganaban el pan levantándose cuando aún no ha amanecido, etc. Su formación transcurrió a caballo entre las aulas del elitista colegio de las Salesianas (un colegio de aquellos donde la educación se confundía con la evangelización y todo lo que no fuese eso era algo como rojeras y de muy mal gusto) y la preparación a cargo de una institutriz francesa (siempre es mejor lo de fuera: otro dogma hispánico fuera de toda discusión). Como buena española mostró una total consecuencia con su nacionalidad y no llegó a examinarse oficialmente de sus estudios, demostrando así que el éxito en la escala social –si se tiene dinero- no está reñido en absoluto con la deficiencia o incluso carencia de calificaciones académicas.

A los 25 años se cruzó en su vida –concretamente durante algo tan de la tierra como una romería- un comandante del ejército de comprimida estatura; este romance no sería visto con buenos ojos por la familia de Carmencita, que lo que deseaba era casarla con algún aristócrata y recuperar así cierto esplendor económico perdido. Al militar, que se llamaba Paco, pronto lo apodaron como el Comandantín, debido a ese rasgo tan hispánico que es la baja estatura y también debido a que era carne de apodo, qué quieren que les digamos. En definitiva, que cuando la familia de nuestra protagonista afirmaba que Paquito era “poca cosa” no queda muy claro a qué se referían exactamente. Paco, en su clarividencia, comprendió que debía de perseverar en su carrera militar y, no se sabe muy bien si por ambición o por amor, va haciendo méritos en el Rif matando moros malos hasta quedar a un paso de ser general más joven de Europa y, será en este momento cuando se consuma el sagrado sacramento que, por cierto, había sido aplazado en varias ocasiones, y convierte a Doña Carmen en la esposa del militar de moda en el continente entero. Tres años después viene al mundo la que sería única hija del futuro adalid de la pax española y, curiosamente, no existen fotos ni nada que pueda documentar el estado de buena esperanza de la señora, lo cual desata esa rumorología a la que tan aficionado es este pueblo: que si la niña era, en realidad, hija del hermano tarambana de Paquito y había sido adoptada de manera irregular; que a ver si iba a ser verdad lo del disparo en el bajo vientre que recibió el militar en una de sus correrías africanas… (Ya ven que el gualtrapas del Sardá no se inventó nada, como muchos de ustedes piensan)

Las cosas en Oviedo empiezan a ponerse feas debido a las reclamaciones de los mineros que no dudan en poner la calle hecha un asquito y, además, parecen no estar nunca contentos con lo que tienen. Las huelgas y los desórdenes son cada vez más frecuentes y significan algo nuevo y en cierta parte incómodo para lo que se denominaba “la sociedad” que empieza a comprobar aterrorizada cómo peligran los límites de su impunidad y ya no puede andar por ahí a tomar el té con pastas sin riesgo a que les partan la cara sin motivo aparente. Fíjense que tanto molestaban los mineros que Carmencita llegó a reclamar a su marido, no sin cierta insistencia, aquello de “Paquito, dame un golpe”. Y no se refería precisamente a una colleja o una demostración varonil de esas que justifican quien manda en una casa, sino a una algarada militar. Franquito, inteligente y huidizo a partes iguales, decidió que los rojos debían hacer todavía la situación un poco más insostenible. Decisión que provoca todavía en Doña Carmen el incremento de su aversión hacia el obrero manual y la evidencia de cierto deje clasista. Read the rest of this entry ?

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Monjamón

septiembre 6, 2007

Putilatex ha sido nuestro penúltimo descubrimiento. Bailen, modernazas!!!