Archive for the ‘Miserias Nacionales’ Category

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Basura catódica

noviembre 26, 2007

Ahora resulta que el gobierno quiere llamar al orden a las televisiones porque, parece ser que su programación basura tiene parte de culpa en la formación del espíritu nacional del macho ibérico hispano.

telebasura.jpgLa telebasura es tal por los asuntos que aborda, por la gentuza que exhibe y el enfoque absolutamente distorsionado en lo que a informar se refiere. Los promotores de toda esta mierda tienen muy claro qué es lo que tienen que hacer para congregar masas de espectadores unineuronales frente a la pantalla de la tele: sexo, violencia, sensiblería, el consabido “podría haberle ocurrido a usted”, humor grueso hasta decir basta…

Fíjense que el ensañamiento siempre es negado, se trata más bien, según los productores, de preocupación y denuncia; eso sí, utilizando siempre las explicaciones más simplistas que se tengan a mano y el uso y abuso de eso tan moderno que es la teoría conspirativa. Bajo el manto de la cábala conspiratoria, la telebasura obtiene carta blanca para intoxicar como bien le venga en gana.

Por otra parte, la indiferencia de la telebasura frente al derecho del honor, la intimidad, la presunción de inocencia, desemboca en la realización del “juicio paralelo”, en la presentación de trascendentales testimonios aparentemente auténticos y, por supuestos, amparados en la libertad de expresión (eufemismo que se invoca cuando se pretende abrir la boca por abrirla)…

¿Por qué la programación infantil es casi inexistente? ¿Será que a los niños les mola más una playstation que Espinete?

 

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Que el gobierno llame al orden a las cadenas de televisión es, cuando menos, demagogia. Es como esa madre que, aburrida, espeta cada minuto y medio el consabido: “Jennifer! Deja de molestar que como vaya yo pallá te vasaenterar!!!!!” En fin, que es gesto loable pero que no tendrá trascendencia alguna porque, piensen (con perdón) que si el gobierno dice que va a leer la cartilla a los productores de telebasura, lo primero que debería haber hecho es predicar con el ejemplo y suprimir esa bazofia llamada “España directo” que, entre otras lindezas, pagamos entre todos porque es producto de eso que llaman “el ente público”.

Si un niño, de entre cuatro y 12 años, ve una media de 140 minutos de televisión a diario seguramente la culpa la tendrá ese progenitor moderno que se lo permite. Así que si los tramoyistas de la moral y los miopes espirituales creen que la televisión es culpable de que sus hijos anden por ahí hechos unos cabestros, escupiendo en el suelo, levantando las faldas de las niñas y abofeteando a los empollones o a los de otra etnia (empollones o no) y todo esa serie de comportamientos que en un futuro adquirirán el rango de españoles, quizá deberían recapacitar un poco y pensar que la culpa es de ellos, en su faceta de padres descalabrados, y no del “Diario de Patricia”. La culpa es de ellos por legar a la caja necia el papel de niñera y no acatar su responsabilidad y dedicarse a educar ellos mismos a los déspotas cabezones que un aciago día decidieron traer a este mundo. Y si no pueden ocuparse de ellos, pues no los tengan, que parecen tontos.

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Fieles escuderos

noviembre 21, 2007

Uno de los elementos más representativos de la oficina moderna (o decimonónica, según se mire) es aquel individuo que nadie sabe muy bien por qué está donde está, quién lo ha puesto en esa mesa, adonde va todo el día pasillo arriba y pasillo abajo y, tal vez lo más grave, cual es su cometido dentro de la organización.

Ustedes lo verán a menudo trotando alegremente y algo jadeante por entre las mesas y de departamento en departamento con una carpeta debajo del sobaco, o bien habrán reparado en que la montaña de papeles instalada sobre su mesa desde los tiempos del télex nunca mengua o aumenta sino que tan sólo cambia de posición. Ora junto al teclado, ora al lado del teléfono… El caso es que este señor o señora ha resistido a todos los jefes y tengan ustedes claro que sobrevivirá a los que vendrán después porque su capacidad para aparentar llevar el peso de la oficina, e incluso de la organización, es cuando menos, inaudita… Convendrán ustedes con nosotros lo injusto que sería cargar con más faena a estos señores.

sisenor.jpgEl hecho de que los más recelosos perciban cierta permisividad por parte de los jefes hacia estos sujetos puede arrastrarles a la descaminada sospecha de que los que mandan en la oficina son tontos o tienen serias deficiencias de observación y percepción del mundo que les rodea. Pues no se equivoquen ustedes, que los jefes no son tontos (si lo fuesen, tendrían el mismo rango profesional que ustedes y, como pueden comprobar, no lo tienen); lo que ocurre es que a los jefes ya les va bien que exista este tipo de gente retozando y enredando por los pasillos de la oficina porque son conscientes de que, en los tiempos que corren, el vasallaje está muy mal visto y solicitar al primero que se cruce por delante que traiga un café, suba las persianas del despacho, configure la agenda de contactos en el teléfono móvil o le lleve el Audi al taller a que le hagan la revisión… es algo que, cuando menos, alude al feudalismo. Estas cosas son muy feas ya que delatan comportamientos españoles y una nula adecuación al devenir de las tendencias actuales y recuerdan a los tiempos aquellos en los que las oficinas funcionaban de la misma manera que el cortijo de un señorito andaluz o, por poner otro ejemplo, aquellas que salían en las pelis de José Luís López Vázquez con todos sus empleados con los cuernos clavados en un papel sobre la mesa y temerosos de los caprichos del señor jefe.

 

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Por este motivo, los sujetos sumisos y complacientes en exceso resultan de gran utilidad al jefe en el desempeño de cualquiera de los pequeños caprichos que puedan surgir en el transcurso de la estresante jornada laboral. A ellos no se les caen los anillos por traer un cortadito al jefe, ni mucho menos, o llevar el coche al taller, para nada, si les pilla de camino… Deberían ustedes ser más positivos y dejar de criticar sin fundamento porque estos seres, los que ustedes denominan pelotas, les libran a ustedes del humillante ejercicio de inclinar la cabeza ante el jefe y mascullar un “Sí, señor” a pesar del profundo asco que le tienen a todo aquello que suene a esclavitud y reverencia.

Ellos –los rastrerillos- serán fieles escuderos del mandamás de la oficina porque, sencillamente, han nacido para ello. Para ilustrar esto podríamos hacer valer el ejemplo del frailecito, un simpático pajarillo que se dedica a picotear los restos de comida putrefacta de entre los dientes de los cocodrilos sin ningún riesgo para su integridad… ¿Lo cogen? ¡Intenten ustedes hurgar entre los dientes de un cocodrilo! Este tipo de relaciones: frailecitos con cocodrilos y rastreros con jefes de departamento son lo que podría llamarse relaciones simbióticas.

Piensen por un momento que todos somos esbirros del sistema, correveidiles del capital e, incluso, nos mostramos apocados cuando tememos que nos va a caer un chorreo… Luego llegamos a casa o nos vamos a por nuestras nueve rondas de tubos de cerveza con los colegas y amenizamos la tarde/noche narrando batallas de oficina en las que siempre resulta que somos más listos que el jefe (sin embargo él está ahí y ustedes no) y, además, tenemos las pelotas lo suficientemente dilatadas como para poner a esos mostrencos en su sitio, no una sino varias veces al día, las que hagan falta y sean precisas.

 

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Al día siguiente, vuelta a la misma triste realidad, y además con resaca y sin Alka-Setzer.

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Yo salgo el último…

octubre 29, 2007

En los últimos tiempos detectamos, no sin cierta preocupación, un aumento de las noticias y artículos acerca de la escasa conciliación que existe en estos andurriales entre la vida laboral y la esfera privada. Bueno, a algunos y a algunas ya les va bien estar lo menos posible en sus casas. Como era de esperar, se hace hincapié en lo larga que es la jornada laboral en este país y lo poco que producimos. ¡Señores! Que nosotros vamos a trabajar, ¿quién habló de producir? Y si no practicamos la esfera privada en casa… pues será porque la realizamos en el trabajo.

A estas alturas, ya habrán adivinado ustedes que eso de “ir a trabajar” es un eufemismo para decir que nos pasamos todo el santo día fuera de casa. Pero, a ojos de muchos extranjeros, si usted no es capaz de realizar su faena en ocho horas, entonces es que usted tiene un problema. El problema se llama incompetencia, por si alguno de ustedes no lo había pillado, y es que los españoles somos unos campeones en la especialidad de merodear por la oficina haciendo ver que nos traemos algo entre manos y tenemos serios problemas para distinguir “trabajar” y “estar en el trabajo”.

 

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A nosotros no nos ocurre lo que la tradición protestante proclama (aquello de que el trabajo dignifica), más bien podría decirse que sufrimos el efecto contrario, que el trabajo nos embrutece, degrada y envilece; el trabajo es una maldición bíblica y, aún así, parece que le tenemos apego a pasar casi todo el día en la oficina, y es que está claro que vagar todo el día por los pasillos es considerado por muchos de ustedes como un signo de fidelidad e identificación con la empresa; y muchos alegarán que si no salen del trabajo después de sus jefes serán, con toda probabilidad, objeto de represalia. Lo de siempre: más miedo que vergüenza. La idea de productividad que tiene un jefecillo español es mantener en la oficina a su equipo hasta las nueve de la noche.

Una de las mayores contribuciones españolas a la improductividad laboral (además de los puentes colosales, capaces de empalmar hasta ocho días seguidos de fiesta, y la celebración de cualquier festivo, por estúpido que sea (por ejemplo: independentistas no trabajando el 12 de octubre)) es su ya célebre jornada partida que tantos beneficios proporciona a bares y restaurantes y que reincorpora medio dormidos y algo bebidos a los trabajadores al narcótico ultimo tramo de la jornada laboral, ese que va de cinco a ocho. Muchos de ustedes pensarán que ya estamos otra vez con todo ese rollo de parecernos a los europeos, con lo bien que se está siendo españoles, con su cañita y esa fritanga buena de aperitivo, sus lentejas con morcilla y panceta y su ensalada bien aliñada y con vino y gaseosa para beber, su tarta de Santiago seguida de su cafetito y la correspondiente copa de Soberano. La consecuencia natural de estas acciones es el ensalzamiento de la siesta como una cosa buena para reposar tanta dieta mediterránea. Estas son las cosas españolas que tanto gustan a los españoles y que nos diferencian de esos seres blancuzcos allende los Pirineos.

El tema se complica más debido a ese recorte de libertades que es la prohibición de fumar en el puesto de trabajo: hay que irse a la calle a fumar. ¡Qué putada! Todo aquel que haya visto a estos seres fumadores en la puerta de sus oficinas perpetrando -encogidos de frío- el ejercicio de su libertad habrá caído en la cuenta de que, en la calle, un cigarrillo tarda más de lo normal en consumirse, debe de ser que la combustión se realiza de manera diferente dependiendo de si es bajo techo o si acontece en el exterior. Los fumadores, por su condición de drogodependientes, deben de ser tratados con relativa compasión y no se les debe recriminar en modo alguno los largos tiempos que tardan sus pitillos en consumirse porque ellos, en cierta manera, son seres enfermos. Intente usted, intolerante ex fumador, bajar a la calle cada media hora para estarse en la puerta otros treinta minutos, que ya verá lo poco que tarda su superior en canearle. Y es que una cosa es satisfacer las necesidades físicas, como el llenado de humo de alvéolos y bronquios, y otra cosa es haraganear por el mero placer de hacerlo.

 

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¿Y los cafetitos? Una estatua deberían erigir en honor del tipo que inventó la máquina de café, con lo bien que nos lo pasamos frente a ella y la de cosas de las que uno se entera mientras toma un estimulante café. ¿No se lo creen? Pues vean el Camera Café. Y luego a fumar.

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Lo necio

octubre 21, 2007

El hecho de que, ahora mismo, en Oviedo estén celebrando que L. Hamilton no haya ganado el Mundial de F1 2007 es sólo una muestra más de lo necio de la idiosincrasia española.

Por cierto, Alonso debe estar ahora comiéndose los mocos…

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Héroes de la España negra 01: Carmen Polo de Franco

septiembre 25, 2007

En algunos posts hemos glosado y tratado de argumentar esos modos y comportamientos que delatan lo que podría definirse como “lo español”. El embrutecimiento, la bronca constante, evitar dar palo al agua, el quiero y no puedo, el alcoholismo en sus más diversas multiplicidades… deben de tener un denominador común, algo que bien podría concretarse como lo cañí, la esencia de la piel de toro, lo español en definitiva.

Uno de los rasgos más característicos de los habitantes de este país es la resignación al destino entendida como refugio de la holganza, el amparo en lo inevitable para gozar casi siempre de una excusa para no hacer las cosas, para no verse en la tesitura de tener que tomar una decisión en un sentido u en otro. Fíjense ustedes la poca tendencia a mojarnos que tenemos que cuando se nos pregunta por nuestras preferencias políticas tenemos el santo morro de responder que o somos de Ánsar o de ZP o, para evitar definirnos, somos juancarlistas en lugar de monárquicos o franquistas en lugar de recios patriotas españoles. Vamos, que guardamos culto a la personalidad con tal de que nos dejen en paz y evitarnos cualquier tipo de reflexión que no sea del tipo “huevo frito o tortilla”; eso es lo que nos destaca como pueblo siempre predispuesto al caudillaje, a la dictadura en cualquiera de sus modalidades y a ceder su soberanía al primero que pase por palacio.

Como señalábamos antes, el amparo en lo inevitable bien podría materializarse en aquello tan críptico que era la unidad de destino en lo universal, que aunque nadie lo acabó de entender muy bien, ayudó a que el carnicerito del Ferrol se mantuviera plácidamente en su poltrona y la palmara en la cama habiéndolo dejado todo atado y bien atado, porque, claro, levantarse contra el caudillo podría ser fácil, pero de ahí a insubordinarse a los dictados del destino, sobre todo si es en lo universal, pues como que la cosa cambia.

Será en esta nueva sección donde rescataremos aquellos personajes que plantaron las semillas para convertir a este país y a sus gentes en lo que son ahora: modernos pero sin estridencias, ajenos a cualquier tipo de extremismo político y opuestos a la sinrazón terrorista, solidarios vía SMS y respetuosos con las ideas opuestas. En estas fechas próximas al 12 de octubre, día de la raza y exaltación de los valores que nos definen como españoles, y como aquí sabemos de la fragilidad de la memoria, nos complacería evocar la figura de una mujer española que no es aquella que cuando besa, besa de verdad, sino aquella que es paradigma de la virtud, la austeridad y el ascetismo, la abnegación y entrega sin reservas a la patria. Nos gustaría hablarles de Su Excelencia Doña Carmen Polo de Franco, la mujer que fue primera dama de España durante casi medio siglo, la única que podía decirle a Franco que se callase sin temor a ser conducida al garrote vil o, sencillamente, ser llevada “de paseo”.

Poco sabemos de su infancia, tan sólo que creció en el seno de una decente familia ovetense perteneciente a aquello que antiguamente se denominaba “la sociedad” y se dedicaban, mayormente, a cosas que hacen los ricos como expropiar terrenos, comprar inmuebles a precios cuatro veces inferiores al real, joderle la vida a los que se ganaban el pan levantándose cuando aún no ha amanecido, etc. Su formación transcurrió a caballo entre las aulas del elitista colegio de las Salesianas (un colegio de aquellos donde la educación se confundía con la evangelización y todo lo que no fuese eso era algo como rojeras y de muy mal gusto) y la preparación a cargo de una institutriz francesa (siempre es mejor lo de fuera: otro dogma hispánico fuera de toda discusión). Como buena española mostró una total consecuencia con su nacionalidad y no llegó a examinarse oficialmente de sus estudios, demostrando así que el éxito en la escala social –si se tiene dinero- no está reñido en absoluto con la deficiencia o incluso carencia de calificaciones académicas.

A los 25 años se cruzó en su vida –concretamente durante algo tan de la tierra como una romería- un comandante del ejército de comprimida estatura; este romance no sería visto con buenos ojos por la familia de Carmencita, que lo que deseaba era casarla con algún aristócrata y recuperar así cierto esplendor económico perdido. Al militar, que se llamaba Paco, pronto lo apodaron como el Comandantín, debido a ese rasgo tan hispánico que es la baja estatura y también debido a que era carne de apodo, qué quieren que les digamos. En definitiva, que cuando la familia de nuestra protagonista afirmaba que Paquito era “poca cosa” no queda muy claro a qué se referían exactamente. Paco, en su clarividencia, comprendió que debía de perseverar en su carrera militar y, no se sabe muy bien si por ambición o por amor, va haciendo méritos en el Rif matando moros malos hasta quedar a un paso de ser general más joven de Europa y, será en este momento cuando se consuma el sagrado sacramento que, por cierto, había sido aplazado en varias ocasiones, y convierte a Doña Carmen en la esposa del militar de moda en el continente entero. Tres años después viene al mundo la que sería única hija del futuro adalid de la pax española y, curiosamente, no existen fotos ni nada que pueda documentar el estado de buena esperanza de la señora, lo cual desata esa rumorología a la que tan aficionado es este pueblo: que si la niña era, en realidad, hija del hermano tarambana de Paquito y había sido adoptada de manera irregular; que a ver si iba a ser verdad lo del disparo en el bajo vientre que recibió el militar en una de sus correrías africanas… (Ya ven que el gualtrapas del Sardá no se inventó nada, como muchos de ustedes piensan)

Las cosas en Oviedo empiezan a ponerse feas debido a las reclamaciones de los mineros que no dudan en poner la calle hecha un asquito y, además, parecen no estar nunca contentos con lo que tienen. Las huelgas y los desórdenes son cada vez más frecuentes y significan algo nuevo y en cierta parte incómodo para lo que se denominaba “la sociedad” que empieza a comprobar aterrorizada cómo peligran los límites de su impunidad y ya no puede andar por ahí a tomar el té con pastas sin riesgo a que les partan la cara sin motivo aparente. Fíjense que tanto molestaban los mineros que Carmencita llegó a reclamar a su marido, no sin cierta insistencia, aquello de “Paquito, dame un golpe”. Y no se refería precisamente a una colleja o una demostración varonil de esas que justifican quien manda en una casa, sino a una algarada militar. Franquito, inteligente y huidizo a partes iguales, decidió que los rojos debían hacer todavía la situación un poco más insostenible. Decisión que provoca todavía en Doña Carmen el incremento de su aversión hacia el obrero manual y la evidencia de cierto deje clasista. Read the rest of this entry ?

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¡¡Estamos en fiestas!!

agosto 16, 2007

Una parte importante de la población española desciende de aquella generación que en los años 60 se moría, pero literalmente, de hambre y tuvo que ir a buscarse el sustento a las capitales porque en los solares de los que era oriunda, la oportunidad de comer caliente, o no caducado, o al menos dentro de los márgenes que exige la legalidad era de una probabilidad ínfima. Los que somos hijos de aquellos inmigrantes (sí, los que hoy decimos rechazar el racismo y guiñamos el ojo a las ideas xenófobas para ocultar nuestra triste procedencia) veraneábamos de manera eufemística cada año en lo que se denominaba “el pueblo”.

“El pueblo” era parte del imaginario estival; algo como agradable de recordar y, cuando la realidad nos despertaba de una bofetada, nos dábamos cuenta de que era una puta mierda: una carretera secundaria con casas desvencijadas a ambos lados habitadas por mostrencos. Allí, además de “veranear” se comían cosas “del pueblo”, que resultaban ser las mismas que las de la ciudad pero sin ningún control no ya de calidad sino de sanidad. Estando los marranos limpios, lo demás parecía importar un cojón al resto de desdentados habitantes del “pueblo”.

Y el éxtasis, el momento cumbre del asiento vacacional, sobrevenía en el momento que comenzaban las fiestas patronales.

Las fiestas, en la mayor parte de los casos, no acontecían inicialmente en agosto pero el flujo migratorio a la ciudad dormitorio hizo que el cacique local balbucease el pregón frente a una audiencia bajo mínimos compuesta por cuatro beatonas y poco más. El hecho de que cada mes de agosto viniesen los de la capital a cometer actos de saqueo y rapiña estimuló el ingenio de la comisión de fiestas y se decidió que la virgen -a la que se siempre se había festejado en junio- iba a tener que modificar su agenda y reservarse en su lugar unos cuantos días de agosto, que era cuando venían los paletos de ciudad a ver a la parentela.

 

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Se preguntarán algunos en qué consiste eso de las fiestas patronales, pues bien, no se diferencia mucho de lo que los gañanes y los mostrencos hacen durante el resto del año, sólo que en diez días tienen absolutamente permitido ponerse hasta el culo de beber, por eso mismo: porque están en fiestas y así lo ha dicho en el pregón el tercer clasificado en Gran Hermano VII o, con cierta maraña, algún deficiente gracioso que gozó de sus dos minutos y medio de fama en un programa nocturno de Antena 3. Ya ven que el ingenio desarrollado por las gentes de este país para pasárselo bien con una excusa como cultural, o al menos con un mínimo interés antropológico, es amplio. Un testimonio de esto les decimos podría ser: “El sábado, por la mañana, tenemos que madrugar, ya que después de irse a dormir sobre las 7 de la mañana todo cocidos después de toda la noche bebiendo, a las 12 hay misa, y después la procesión del santo por el pueblo. Después de la misa, la gente va al bar del Libe, conocido como la Alpargata, a beber un poco para celebrar las fiestas, y a hacer un poco de hambre para la comida”. Este es un bello párrafo que ilustra que pasárselo en grande tomando cacharros no está en absoluto reñido con el fervor religioso; si hay que ir a misa entre arcadas, mareos e indisposiciones y después de procesión por las calles llevando un santo desconchado, pues se va y no pasa nada, que ya obtendremos nuestra recompensa en el bar del Libe, faltaría más.

Y nada, se comen unos ricos manjares de la zona regados con cualquiera de los exquisitos vinos de España en el bar del Libe o cualquier otro que se le parezca y a dormir la siesta, que después hay que ir a jugar un partido de fútbol contra las vacas. Y no teman por los bichos, que ya daremos luego buena cuenta de ellos. ¿No tienen suficiente? Pues participen en el lanzamiento de boina o el concurso de beber en porrón y váyanse luego a seguir dando por culo a las vacas.

 

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Nuestra condición de país poblado por agroseres y paletos de ciudad nos pone en íntimo contacto con las bestias (las personas no, los animales) porque, piensen –con perdón- qué sería de nuestras más populares tradiciones sin la participación de esos animales que, codo a codo, colaboran con nosotros en las más rústicas tareas. El hecho de que concurran en nuestros festejos no es más que el más sentido homenaje que el tosco hombre del medio rural puede tener para con ellos. ¿Y hay, por ejemplo, algo más bonito que aunar el mediterráneo culto al fuego con el homenaje a ese animal tan español que es el toro? Qué belleza esos pitones impregnados en brea y ardiendo en medio de la noche de levante. Si lo del fuego les da cosa, prueben a atarlo a una soga y a hacerlo correr por las calles del pueblo. Y si por alguna tenebrosa razón del subconsciente tienen ustedes grima a los toros, pueden usarlos como dianas móviles, desde un balcón alquilado a un lugareño y sin ningún tipo de peligro para su integridad física (aunque se recomienda no decir la palabra “dardo” delante de los paisanos, que tienen muy mala ostia, y sustituirla por “soplillo”, que es lo mismo, pero casero). A nosotros, en contrapartida, nos gustaría ver a algún sencillo campesino de estos como protagonista en Deliverance… si no duele, tontorrones… además que daría una nueva dimensión a los festejos. Read the rest of this entry ?

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La playa estaba desierta

agosto 9, 2007

La playa es uno de esos lugares donde los españoles suelen materializar dos de sus actividades favoritas: bañarse en agua sucia hasta decir basta y apelotonarse junto al mayor número de gente posible en la menor extensión imaginable con el objeto de practicar la desconsideración hacia el prójimo. No en vano nos encontramos en el país donde todo vale (menos, ojo, meterse con la familia real).

acogiendo.jpgLa playa es uno de esos sitios donde uno va a lo que popularmente se conoce como “desconectar”. El procedimiento es sencillo: se abandona la aglomeración urbana y los empujones de los transeúntes y se opta por el acompañamiento de la muchedumbre en bañador y las colisiones propinadas por colchonetas de variado e inusitado volumen de manera fortuita. En realidad, éste es un tipo de comportamiento muy español ya que, si se fijan, en los campings también se produce esta conducta: uno se aleja los suficientes kilómetros de su casa para realizar –en lo que podría denominarse naturaleza- las mismas actividades que en el hogar propio. Sólo que con una fachas que ni siquiera en el propio domicilio serían capaces de vestir.

Encontrar un espacio en la playa donde poder dejar la toalla, sombrilla, nevera, colchonetas, hamacas y demás parafernalia es, en cierto modo, un ejercicio muy similar al de buscar aparcamiento. Al principio se llega rozagante y henchido de esperanza para deslizarse hacia ese estado tan bien conocido por ustedes como desesperación o berrinche. No es por meter el dedo en la llaga, pero creemos conveniente recordar que, en estos casos, el mosqueo será doble puesto que para llegar a la playa antes deberán de haber encontrado aparcamiento para su utilitario. Los más descerebrados habrán tratado de librarse de esta operación tratando de llegar a la playa por medio de los ferrocarriles de cercanías, opción válida para ilustrarse acerca de la nula cultura cívica que nos caracteriza como pueblo.

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Las playas más aptas para hacer bullir la sangre (de mala leche) son aquellas denominadas como “familiares”, donde aterrizan de cualquier manera grupos humanos supuestamente emparentados. Tan pronto se toma posesión de los cuatro metros cuadrados de arena con el simbólico acto de clavar la sombrilla, los más pequeños sufren un cortocircuito y corren como posesos hacia la orilla sin reparar en pisotear todas las toallas que hayan por el camino, así como rebozar en arena a todo aquel que haya acabado de extenderse la crema bronceadora. Dado que el cerebro de los más pequeños no está del todo formado (a veces esto no acaba de suceder nunca) el trayecto orilla-campamento puede ser realizado hasta quince veces en dos minutos porque o bien se han dejado el cubo y el rastrillo, o se olvidaron de quitarse las zapatillas, o la madre los llama para cubrirlos de crema, o el rastrillo no es suficiente para abrir un socavón y necesitan para ello una pala, o bien será más interesante buscar el flotador o los manguitos o el cocodrilo hinchable que tocó en la tómbola o todo a la vez y adentrarse dos metros más allá de la orilla; o volver de la orilla y cavar un agujero en la orilla para que usted meta el pie y se produzca un esguince. Como supondrán o habrán sufrido, todo ello volviendo a pisar y repisar toallas y acabando de llenar de arena a los infelices que se encuentran a su paso. La madre irá repitiendo automáticamente eso de “¡¡Christian!! No pises las toallas de la gente” o el consabido “¡¡Jennifer!! Como vaya yo para allá te vas a enterar” 

Evidentemente, ni Christian ni Jennifer hacen caso o se enteran de algo y menos aún la madre, que no tiene ni puñetera idea de donde están sus pequeños cabestros y que sólo ve en la playa un medio para librarse de esa tortura durante unas horas. En cuanto a la figura paterna, qué decir de ésta, que va ya por el segundo botellín o ha ido a hacer un recado al chiringuito o vayan ustedes a saber qué… El caso es que la jornada playera parece más una jornada de esas de “a ver si hay suerte y se ahogan estos pequeños cabrones” pero, ojo, no se les ocurra a ustedes recriminar la conducta de Christian y Jennifer porque la Mari les dirá que ella educa a sus hijos como le sale del coño y el Manolo le amenazará con hacerle una cara nueva. Read the rest of this entry ?