Archive for the ‘Ya lo veré en DVD’ Category

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Syriana

noviembre 19, 2007

En esta casa no somos muy dados a ir al cine entre otras cosas porque estamos hartos de que nos escamoteen el dinero en la taquilla por culpa de los críticos a sueldo de las distribuidoras. Por ello, somos adictos al video-club ya que nos permite afinar más la elección y practicar lo que más nos gusta: ir a destiempo y alejarnos de la vanguardia.

Anoche cayó en las fauces de nuestro reproductor “Syriana”, un film dirigido por un señor que se llama Stephen Gaghan al que pueden recordar por el tontorrón (y celebrado) guión que escribió para “Traffic”.

La línea argumental de Syriana es incoherente e incluso confusa, abstracta si nos apuran y hasta caótica, como la vida misma. Más bien podríamos afirmar que hasta parece un producto tan moderno de esos que hacen concurrir cuatro o cinco tramas en apariencia independientes y cuadran el círculo al final de la peli (como hacía Altman desde hace más de veinte años y, sin embargo muchos están convencidos que ese tipo de pelis lo ha parido Tarantino o el oligofrénico que dirigió “Crash”), lo único es que aquí pensamos que el círculo no se cuadra y, añadimos, ni falta que le hace. Poca cosa hay mascada en esta peli, de ahí que mucho gañán se queje de que no entiende nada…

 

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Lo visible de Syriana es lo que todos conocemos: corrupción justificada como potingue que engrasa los sistemas democráticos, guerra internacional (pero sin pasarse) contra el terrorismo, la mano de los USA en la política internacional y lo malo que es todo aquel sujeto aficionado a leer el Corán.

No hay buenos ni malos, tan solo motivación, ambición, huída hacia delante. No hay acción apenas, no hay carreras, sólo un par de explosiones y personajes presos de sí mismos, inquietantes y perturbados por el zumbido del pudrimiento.

Syriana no deja respirar, no permite rebobinar y recapitular elementos para articular la trama de una manera razonable. Es un film difícil de alcanzar porque está siempre por delante del espectador. Es una de esas pelis que se aprecian en su auténtica dimensión cuando se visionan por segunda vez.

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Escrito en la piel

octubre 8, 2007

El hilo conductor de la filmografía de Cronenberg es la exploración en la esencia humana, que no es otra cosa sino ambigüedad. Y personajes turbios es lo que nos trae su último trabajo.

Desde el inicio de la película hasta los créditos finales, el director canadiense consigue que permanezcas en el asiento. Se trata de un filme tenso, con músculo, que va de menos a más, y violento, muy violento; pero además de la violencia que se ve, existe la que no se advierte, la que reserva el rostro de Mortensen, la que emerge de la desnudez en la pelea de la sauna, la de la renuncia a los padres, la de obediencia…

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La intemperancia del honor, el respeto, la sumisión y el sexo denigrante. La violencia que separa e mundo de las buenas personas del mundo al que pertenece Mortensen y Vincent Cassel, un mundo donde aquel que carece de tatuajes sencillamente no existe; un mundo donde la biografía de cada uno está escrita en la piel.

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La prueba empírica

junio 12, 2007

Lo de siempre: se tuvo que financiar un estudio para hacer pública la evidencia.

Vamos, que parece ser que a los españoles les chana más el cine norteamericano que el producto nacional. Y es una injusticia porque después de pasarlo en grande con películas como “Desde que amanece apetece”, “Ekipo Ja”, o incluso “Isi / Disi Alto voltaje” además de enterarnos de la auténtica historia de los “GAL” (terrorismo de Estado con Natalia Verbeke y Jordi Mollá), la publicación de este tipo de estudios apunta a que el espectador de cine ibérico es desagradecido, incompetente como tal y, además, dispone de muy mala baba.

¿Acaso el español no se funde con su esencia durante el visionado de una película patria? ¿Acaso no encuentra esputos, malrollismo, caca, culo, pedo, pis, tetas y embestidas contra cualquier atisbo de discernimiento y perspicacia? ¿Qué quiere el espectador español? No sé que le ven al cine norteamericano, si lo que se hace aquí es lo mismo pero adaptado a nuestra idiosincrasia y temperamento. ¿O es que en el barrio de ustedes patrullan policías negros? ¿Eso es lo que quieren, guardias urbanos de otra etnia persiguiendo el trapicheo por Vallecas o las 3.000 Viviendas?

Mejor déjense de tanta queja y rechinar de dientes porque, un día de estos, el gobierno (del color que sea) tomará nota de la problemática y se dedicará a subir los impuestos (de ustedes) con el noble fin de incrementar el porcentaje que reciben estos pijazos que, sólo por ponerse detrás de una cámara, ya son considerados cineastas.

Y si se aburren no vayan, que parecen tontos.

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Yo tampoco la entendí pero me gustó…

abril 28, 2007

Este post nace a partir del artículo de Javier Marías que cerraba el dominical de El País del 22/05/07 y con el que me siento bastante identificado. Ya no se trata de una cuestión de ir contra todo de manera sistemática. Hay muchas cosas que me gustan y muchas que no, y en lo que respecta al cine me siento desencantado porque en los últimos tiempos intuyo que se ha institucionalizado la nadería, el sinsentido y la tomadura de pelo. Sé que se realiza mucho cine que no llega a las pantallas, que tal vez no sea considerado suficientemente comercial, con lo que hay que esforzarse y establecer cada uno sus propios canales de información y acopio. En estos últimos años observo que aquello que queda al margen de lo comercial genera de la misma manera unas expectativas paralelas de negocio que provocan cauces alternativos de distribución pero siempre dentro de los márgenes del negocio con lo que poco queda de la supuesta independencia.

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Hay dos o tres cines (ejem, multisalas quería decir) que con sólo echar un vistazo al personal que aguarda en la cola con paciencia y sumisión europea ya siente uno la irrefrenable obligación de cambiarse de acera para troncharse de risa sin temor a ofender los gustos del teledirigido prójimo. Se trata de aquellos cines que, en base a su soberbia e independiente programación, ofrecen programas sustentados por pelis afganas, iraníes o, incluso, la última superproducción concienciada norteamericana que fue un sorpresón porque los rancios capitostes de la Academia tuvieron la intrepidez de nominar el videoclip para el Oscar (¿qué esperaban, que la candidata fuese Rocky Balboa?) A estas alturas y con la confianza dinamitada ya no nos vamos a engañar entre nosotros, todos hemos ido a ver películas alternativas, hasta yo fíjense lo que les digo.

Quizá nos hemos visto alguna vez en la tesitura de fingir lo mucho que nos ha gustado tal o cual película mientras salimos del cine tratando de repetir de memoria la crítica que hemos leído con anterioridad en el diario o el afiche promocional del film que uno puede tomar en el vestíbulo antes de entrar a ver cualquier peliculón indie, alternativo o profundo. El cine es así y la aceptación en el ámbito del grupo social también. A ver quien es el gafapasta que se atreve a desdeñar a Lars von Trier delante de su círculo, si es que le pueden hasta arrojar un libro de Proust a la cabeza o –peor- un cd de la mongola gritona. No se revuelvan en sus butacas, no. Todos tenemos un pasado o, lo que es peor, un presente y la mejor muestra de madurez que podemos demostrar es asumirlo.

Por ello les propongo el leve examen (profundo sería un acto de sadismo) a unas peliculillas así como alternativas que, en su día fueron un pedazo de éxito de taquilla y de unánime crítica y que, en la actualidad, nos seguimos acordando de ellas porque aquello, como diría Marlon Brando, era el horror: Read the rest of this entry ?

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Familias como la suya

marzo 23, 2007

¿Que por qué me gustan los 80’s? Pues verán ustedes: por muchas cosas. Por lo macarra en cuanto a estética que pudieron llegar a ser, porque vi con mis propios ojos a aberraciones como Durán Durán o Sigue Sigue Sputnik; por Maradona, Julio Alberto y todo ese FC Barcelona repleto de pendencieros; porque los presentadores de TV podían fumar mientras entrevistaban al famosete de turno (al público también se le permitía echar un pitillo), porque Ángel Cristo y Bárbara Rey parecían cándidos en su rosa oligofrenia y eran la pareja trash por antonomasia, porque fue mi década iniciática y, sobretodo, porque aún no se había inventado eso de la corrección política, que no deja de ser otra cosa que el ejercicio imperativo de la autocensura.

En el marco de un país expoliado a manos de su gobierno, como fue el Reino Unido de Margarita Thatcher, surgió una serie de televisión que nada tiene que ver con esas que ven ustedes sobre médicos supuestamente insolentes o de entrañables facinerosos que se fugan de cárceles cool. En 1982 el movimiento de la comedia alternativa inglesa se asoma a las pantallas de televisión disparando contra todo aquello que se mueve con la surrealista “The Young Ones“.

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Dirán ustedes que asistir a la cotidianeidad de cuatro disfuncionales personajes que comparten techo no es nada nuevo, y en efecto no lo es. Lo que convierte a “The Young Ones” en algo excepcional es su estilo porque no responde de ninguna de las maneras a los clichés o reglas establecidas de la sitcom televisiva sino que tiene más que ver con las tribulaciones del pato Lucas en los cartoons de la Warner. Situaciones bizarras a cargo de personajes no menos bizarros que nada tienen que ver con la trama del capítulo, cameos desde Stephen Fry a Emma Thompson, conversaciones entre zanahorias, nabos y patatas en el interior de la nevera y una actuación musical por capítulo que sí que tiene que ver con la trama. Así podemos ver a Dexy’s Midnight Runners, a Madness o a los mismísimos Motorhead.

Abanderados del absurdo, punks residentes en la ecuación que equipara mala leche a diversión, “The Young Ones” retrata a una familia normal y corriente como pudieran ser los Simpson o los Alcántara. Mike es el padre, en apariencia el menos freak, distinguido, cool y ajeno a cualquier incidencia doméstica porque eso no va con él, el tipo con quien nadie osará meterse, levantar la voz o poner en duda su visión práctica de los asuntos cotidianos. Neil es el hippie, la madre bobalicona a la que todos torean, quien hace de comer, barre, friega, responde al teléfono y carga con lo que haga falta. Rik (también guionista) y Vivian son los hijos adolescentes, Rik en el papel de hermanita histérica y blanco de la agresiva hilaridad de su hermano, esquizofrénico sin conocimiento incapaz de no respetar a nada ni a nadie excepto a Mike. Así que no esperen ustedes trama alguna porque no existe, como la vida misma.

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Bande à part

marzo 9, 2007

Lo importante es llegar, decía un slogan publicitario. Y bien cierto es. Ayer asistí a una proyección del film de Jean-Luc Godard “Bande à Part” (1964) y salí de la sala pensando que algo se ha perdido en el camino desde entonces hasta ahora, que ya no se hacen películas como antes, tan capaces de confabularse con el espectador.

Suena a tópico, pero París es y fue bella y vagamos por sus calles a bordo de un Simca descapotable en compañía de dos wannabe outsiders, Franz y Arthur, que tratan de convencer a la deliciosa estudiante Odile para robar al benefactor con el que vive. Entretanto, ambos se enamorarán de ella.

Durante hora y media asistí a una lección de poesía disfrazada de film noir a ritmo jazzy. Una historia de amor con una bala oculta y desempeñada por personajes en la frontera de lo ordinario y lo excepcional. Elementos que se mueven desde el suburbio hacia el centro para volver de nuevo a la periferia. La fotografía, el ruido de fondo de las calles parisinas, gente corriente que se asoma al objetivo, a la sala… y tres escenas inolvidables: los tres personajes en alocada carrera tratando de batir el record de atravesar el museo del Louvre; el minuto de silencio (que en realidad dura 36 segundos) y el baile en el bar. Una coreografía chico-chica-chico en la que tres personas están solas permaneciendo juntas. Y mientras bailan, la música se detiene sin previo aviso y quedamos a solas con el repiqueteo de los zapatos contra el suelo, el chasqueo de los dedos, las palmadas y la voz de Godard explicándonos qué es lo que nuestros tres outsiders piensan. Existen momentos en los que una película arrastra y el espectador pasa a formar parte de ella. Éste es uno de ellos.

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Tenemos un problema de comunicación

febrero 26, 2007

Dado que hoy es un día casi monotemático y sabiendo que, a veces, hay que seguir la corriente porque si no te dan capones, he decido también hablar de cine. Pero no de los Oscar.

Paul Newman es un tipo que siempre me ha caído bien. Sin entrar en según qué purismos, considero que es un buen actor, capaz de soportar los cambios de las tendencias del mainstream cinematográfico y, además, todo un ejemplo de cómo envejecer con dignidad (y con dinero, claro).

Esta mañana -no sé muy bien por qué- me vino a la cabeza una excelente película protagonizada por él: “Cool Hand Luke“, título interpretado aquí como “La leyenda del indomable”. A veces me pregunto el motivo por el cual determinados asuntos acudan al encuentro sin razón manifiesta. El caso es que, seguramente, ustedes conozcan también este film. En efecto, es esa en la que encarnaba a un preso que se comía 50 huevos de una tacada en una hora. ¿Ven como ya recuerdan?

El protagonista de esta película es un hombre que no nació para recibir órdenes, ergo empecinado perdedor. Exactamente lo mismo que piensan ustedes de sí mismos cada vez que el zumbido del despertador trunca su apacible sueño, que ustedes no nacieron para someterse a un exaltado o corporación de ellos, pero no nos desviemos. Obedecer es lo que no le gusta a Luke, que encarna al hombre libre a pesar de estar entre rejas, ese ser que desafía la injusticia (y la justicia también) obteniendo así el aprecio y respeto de los demás reclusos. Ese hombre que, a pesar de ser capturado una y otra vez tras sus múltiples fugas –más ruinosas éstas que efectivas- hace conscientes a los demás convictos de la situación en la que se encuentran.

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Si el prota es el bueno, entonces debe de haber uno malo, y este es el jefe Paul (Luke Askew), opresor al que -creo- nunca se le ven los ojos porque los oculta tras unas Ray-Ban de espejo. Godfrey es el ejecutor de ese régimen autoritario, déspota y abusivo que es como es, y procede como procede sólo por nuestro bien (¿les suena?), en este caso el bien de los internados. Es cierto que Luke (Newman) es algo díscolo y que no respeta las normas y eso, tal vez, sea en perjuicio del resto de sus compañeros; y también es cierto que el capitán Martin sólo hace que se obedezcan las normas, con extremada diligencia, eso sí, pero es que las normas están para cumplirlas y no para tenerlas de adorno como en muchos sitios. A pesar de este aparente maniqueísmo, creo que el público se identifica con Luke. Porque es más guapo, porque es más simpático, porque es Newman y sufre un puteo permanente. Tanto que una de las veces que va a la celda de castigo, el guardia se justifica: “Lo siento Luke, pero sólo cumplo con mi trabajo“; a lo que Luke replica: “Que cumpla con su trabajo no quiere decir que sea lo correcto, jefe“.

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Además de Newman y Woodward también podemos disfrutar de un catálogo de secundarios que apuntalan esta entretenida película: George Kennedy (impresionante, como siempre), Dennis Hopper, Harry Dean Stanton

No les cuento más, sólo que los que no la hayan visto se hagan con ella y los que ya la disfrutaron vuelvan a hacerlo, porque se trata de una película que a pesar de su metraje no pierde el ritmo en ningún momento y además, no pierde su vigencia a pesar de estar realizada en 1967.