Posts Tagged ‘pelotas’

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Fieles escuderos

noviembre 21, 2007

Uno de los elementos más representativos de la oficina moderna (o decimonónica, según se mire) es aquel individuo que nadie sabe muy bien por qué está donde está, quién lo ha puesto en esa mesa, adonde va todo el día pasillo arriba y pasillo abajo y, tal vez lo más grave, cual es su cometido dentro de la organización.

Ustedes lo verán a menudo trotando alegremente y algo jadeante por entre las mesas y de departamento en departamento con una carpeta debajo del sobaco, o bien habrán reparado en que la montaña de papeles instalada sobre su mesa desde los tiempos del télex nunca mengua o aumenta sino que tan sólo cambia de posición. Ora junto al teclado, ora al lado del teléfono… El caso es que este señor o señora ha resistido a todos los jefes y tengan ustedes claro que sobrevivirá a los que vendrán después porque su capacidad para aparentar llevar el peso de la oficina, e incluso de la organización, es cuando menos, inaudita… Convendrán ustedes con nosotros lo injusto que sería cargar con más faena a estos señores.

sisenor.jpgEl hecho de que los más recelosos perciban cierta permisividad por parte de los jefes hacia estos sujetos puede arrastrarles a la descaminada sospecha de que los que mandan en la oficina son tontos o tienen serias deficiencias de observación y percepción del mundo que les rodea. Pues no se equivoquen ustedes, que los jefes no son tontos (si lo fuesen, tendrían el mismo rango profesional que ustedes y, como pueden comprobar, no lo tienen); lo que ocurre es que a los jefes ya les va bien que exista este tipo de gente retozando y enredando por los pasillos de la oficina porque son conscientes de que, en los tiempos que corren, el vasallaje está muy mal visto y solicitar al primero que se cruce por delante que traiga un café, suba las persianas del despacho, configure la agenda de contactos en el teléfono móvil o le lleve el Audi al taller a que le hagan la revisión… es algo que, cuando menos, alude al feudalismo. Estas cosas son muy feas ya que delatan comportamientos españoles y una nula adecuación al devenir de las tendencias actuales y recuerdan a los tiempos aquellos en los que las oficinas funcionaban de la misma manera que el cortijo de un señorito andaluz o, por poner otro ejemplo, aquellas que salían en las pelis de José Luís López Vázquez con todos sus empleados con los cuernos clavados en un papel sobre la mesa y temerosos de los caprichos del señor jefe.

 

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Por este motivo, los sujetos sumisos y complacientes en exceso resultan de gran utilidad al jefe en el desempeño de cualquiera de los pequeños caprichos que puedan surgir en el transcurso de la estresante jornada laboral. A ellos no se les caen los anillos por traer un cortadito al jefe, ni mucho menos, o llevar el coche al taller, para nada, si les pilla de camino… Deberían ustedes ser más positivos y dejar de criticar sin fundamento porque estos seres, los que ustedes denominan pelotas, les libran a ustedes del humillante ejercicio de inclinar la cabeza ante el jefe y mascullar un “Sí, señor” a pesar del profundo asco que le tienen a todo aquello que suene a esclavitud y reverencia.

Ellos –los rastrerillos- serán fieles escuderos del mandamás de la oficina porque, sencillamente, han nacido para ello. Para ilustrar esto podríamos hacer valer el ejemplo del frailecito, un simpático pajarillo que se dedica a picotear los restos de comida putrefacta de entre los dientes de los cocodrilos sin ningún riesgo para su integridad… ¿Lo cogen? ¡Intenten ustedes hurgar entre los dientes de un cocodrilo! Este tipo de relaciones: frailecitos con cocodrilos y rastreros con jefes de departamento son lo que podría llamarse relaciones simbióticas.

Piensen por un momento que todos somos esbirros del sistema, correveidiles del capital e, incluso, nos mostramos apocados cuando tememos que nos va a caer un chorreo… Luego llegamos a casa o nos vamos a por nuestras nueve rondas de tubos de cerveza con los colegas y amenizamos la tarde/noche narrando batallas de oficina en las que siempre resulta que somos más listos que el jefe (sin embargo él está ahí y ustedes no) y, además, tenemos las pelotas lo suficientemente dilatadas como para poner a esos mostrencos en su sitio, no una sino varias veces al día, las que hagan falta y sean precisas.

 

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Al día siguiente, vuelta a la misma triste realidad, y además con resaca y sin Alka-Setzer.

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Yo salgo el último…

octubre 29, 2007

En los últimos tiempos detectamos, no sin cierta preocupación, un aumento de las noticias y artículos acerca de la escasa conciliación que existe en estos andurriales entre la vida laboral y la esfera privada. Bueno, a algunos y a algunas ya les va bien estar lo menos posible en sus casas. Como era de esperar, se hace hincapié en lo larga que es la jornada laboral en este país y lo poco que producimos. ¡Señores! Que nosotros vamos a trabajar, ¿quién habló de producir? Y si no practicamos la esfera privada en casa… pues será porque la realizamos en el trabajo.

A estas alturas, ya habrán adivinado ustedes que eso de “ir a trabajar” es un eufemismo para decir que nos pasamos todo el santo día fuera de casa. Pero, a ojos de muchos extranjeros, si usted no es capaz de realizar su faena en ocho horas, entonces es que usted tiene un problema. El problema se llama incompetencia, por si alguno de ustedes no lo había pillado, y es que los españoles somos unos campeones en la especialidad de merodear por la oficina haciendo ver que nos traemos algo entre manos y tenemos serios problemas para distinguir “trabajar” y “estar en el trabajo”.

 

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A nosotros no nos ocurre lo que la tradición protestante proclama (aquello de que el trabajo dignifica), más bien podría decirse que sufrimos el efecto contrario, que el trabajo nos embrutece, degrada y envilece; el trabajo es una maldición bíblica y, aún así, parece que le tenemos apego a pasar casi todo el día en la oficina, y es que está claro que vagar todo el día por los pasillos es considerado por muchos de ustedes como un signo de fidelidad e identificación con la empresa; y muchos alegarán que si no salen del trabajo después de sus jefes serán, con toda probabilidad, objeto de represalia. Lo de siempre: más miedo que vergüenza. La idea de productividad que tiene un jefecillo español es mantener en la oficina a su equipo hasta las nueve de la noche.

Una de las mayores contribuciones españolas a la improductividad laboral (además de los puentes colosales, capaces de empalmar hasta ocho días seguidos de fiesta, y la celebración de cualquier festivo, por estúpido que sea (por ejemplo: independentistas no trabajando el 12 de octubre)) es su ya célebre jornada partida que tantos beneficios proporciona a bares y restaurantes y que reincorpora medio dormidos y algo bebidos a los trabajadores al narcótico ultimo tramo de la jornada laboral, ese que va de cinco a ocho. Muchos de ustedes pensarán que ya estamos otra vez con todo ese rollo de parecernos a los europeos, con lo bien que se está siendo españoles, con su cañita y esa fritanga buena de aperitivo, sus lentejas con morcilla y panceta y su ensalada bien aliñada y con vino y gaseosa para beber, su tarta de Santiago seguida de su cafetito y la correspondiente copa de Soberano. La consecuencia natural de estas acciones es el ensalzamiento de la siesta como una cosa buena para reposar tanta dieta mediterránea. Estas son las cosas españolas que tanto gustan a los españoles y que nos diferencian de esos seres blancuzcos allende los Pirineos.

El tema se complica más debido a ese recorte de libertades que es la prohibición de fumar en el puesto de trabajo: hay que irse a la calle a fumar. ¡Qué putada! Todo aquel que haya visto a estos seres fumadores en la puerta de sus oficinas perpetrando -encogidos de frío- el ejercicio de su libertad habrá caído en la cuenta de que, en la calle, un cigarrillo tarda más de lo normal en consumirse, debe de ser que la combustión se realiza de manera diferente dependiendo de si es bajo techo o si acontece en el exterior. Los fumadores, por su condición de drogodependientes, deben de ser tratados con relativa compasión y no se les debe recriminar en modo alguno los largos tiempos que tardan sus pitillos en consumirse porque ellos, en cierta manera, son seres enfermos. Intente usted, intolerante ex fumador, bajar a la calle cada media hora para estarse en la puerta otros treinta minutos, que ya verá lo poco que tarda su superior en canearle. Y es que una cosa es satisfacer las necesidades físicas, como el llenado de humo de alvéolos y bronquios, y otra cosa es haraganear por el mero placer de hacerlo.

 

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¿Y los cafetitos? Una estatua deberían erigir en honor del tipo que inventó la máquina de café, con lo bien que nos lo pasamos frente a ella y la de cosas de las que uno se entera mientras toma un estimulante café. ¿No se lo creen? Pues vean el Camera Café. Y luego a fumar.